lunes, 30 de noviembre de 2015

Gerry's Reel

Esta entrada va para una persona muy especial,
Esta va para el amor de mi vida,
Te quiero.
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La noche ha llegado y el salón de tercera clase se llena de música céltica. La tocan un grupo de pasajeros irlandeses que no se conocen de nada pero han decidido juntarse y tocar música para amenizar la noche, para animar al resto y hacernos olvidar durante unas cuantas horas cual es nuestra posición en el mundo y que muchos de nosotros a lo mejor acabamos en la más grande de las miserias. La flauta, los tambores, el violín, la mezcla de esos instrumentos y otros más, llena el aire de música. Lo llena de magia. Esa magia que sólo puede transmitir la música.

Sentada en una de las mesas con un vaso de agua delante los observo con atención y veo por el rabillo del ojo como algunos pasajeros se animan a subir a la tarima que hay justo en medio de la estancia y se ponen a bailar. Otros ni siquiera suben allí arriba, sino que se ponen a bailar siguiendo el ritmo en los huecos donde hay pocas mesas, en cualquier sitio donde encuentren espacio. La música vibra. Llena el espacio. La alegría se nota en el ambiente y es como si todo cobrase otro color y otra intensidad. La noto vibrar dentro de mi cuerpo, noto la música recorrer mis venas, y las notas musicales en cada poro de mi piel. Me hace sentir más viva, más plena, más feliz. Todas las desgracias de mi vida y de mi existencia han desaparecido de mi mente gracias a ese sonido, a esas notas… A ese toque celta que ha invadido este pequeño espacio del transatlántico.

Me levanto llevada por esa sensación que me está invadiendo, que está en cada centímetro de mi cuerpo y que me dice “hazlo, levántate y sigue el ritmo de la música”. Noto la mirada de Asier, curiosa sobre mí cuando me ve levantarme y me vuelvo hacia él. - ¡Vamos! – con un gesto de la mano le insto a levantarse conmigo, pero en su cara noto contrariedad. La pequeña Alice, que había permanecido sentada junto a él se levanta y sale corriendo y dando brincos entre la gente.

- ¡Alice! – su hermano la llama pero su voz se ve ahogada por la música, las risas de la gente, el rumor que recorre aquel pequeño salón. Se levanta y la busca con la mirada y luego clava sus ojos azules en mi suavizando los gestos de su rostro casi de forma inmediata.

- Déjala… No le va a pasar nada. - ¿qué va a pasarle en un espacio tan pequeño? Pudiera ser que nosotros seamos las personas más ávidas, más listas y en según qué situaciones, los más canallas del estrato social en el que se divide la sociedad, pero en un momento como el que estamos viviendo nadie va a hacerle daño a una niña inocente que simplemente se ha mezclado entre el gentío que baila y disfruta de la música. Le miro durante unos segundos más antes de alejarme y decidir seguir yo también ese ritmo frenético que invade mis oídos y me llena el alma de dicha. Aunque Christopher me dio clases de baile nunca se me ha dado demasiado bien, ni siquiera sé los pasos a seguir de la canción que están tocando. ¡Espera! ¿Alguno de los presentes lo sabe? “Déjate llevar por la música, Valerie. Siéntela dentro de ti y simplemente fluye con ella”. Cierro los ojos allí en medio de la habitación. Sigo oyendo la música, sintiéndola vibrar por todo mí ser. Sigo oyendo las risas, las palabras, los gritos. Sigo sintiendo la felicidad en el aire como una niebla invisible que lo está cubriendo todo. Me dejo llevar por lo que estoy escuchando y me empiezo a mover durante al menos un minuto antes de abrir los ojos.

Le veo entre la gente y puedo captar una sonrisa en su rostro. Posiblemente la más sincera que he visto desde que le conozco. Tiene sus ojos clavados en mí y no borra la sonrisa mientras yo muevo los pies, los brazos y doy vueltas al ritmo de la música. Levanto la mirada al techo de madera blanca mientras doy otra vuelta más antes de volver a bajar la mirada pero ha desaparecido de mi campo visual. Le busco entre la gente sin dejar de moverme ni un segundo. Tengo la sensación de que aunque quiera pararme seré en incapaz y es entonces cuando aparece de la nada junto a mí.- Estás loca, ¿lo sabías? Pero aún y así eres adorable. – susurra como si tuviera miedo de que alguien pudiera oírle decir esa última palabra, aunque lo dice en un tono lo suficientemente alto como para que yo le oiga.

- Las mejores personas lo están, ¿recuerdas? – se echa a reír nada más oírme y la risa se me contagia. La música ha parado y me encuentro parada ante él que mira por encima de mi hombro posiblemente buscando a su hermana. – Estará bien. Es muy espabilada. – como casi todos nosotros a su edad. No nos queda otra si queremos vivir en la sociedad y en las condiciones en las que nos ha tocado vivir. La vibración vuelve a la vida, la noto en los pies casi antes que sentir la música en mis oídos. Vuelvo a tener la misma sensación que momentos antes, esa vida y como si todo en ese lugar tuviera otro tono, más alegre. Es agradable olvidar que somos pobres, que puede que mañana vivamos bajo un puente con la única compañía de las ratas y otros vagabundos. Es mágico que algo tan simple como la música te haga olvidarte de tu condición y te haga ser la persona más feliz del mundo.

Sin miedo a que me rechace o me suelte bruscamente le tomo la mano y aunque al principio me mira contrariado y con el cejo fruncido al final sonríe. – No sé me da bien bailar – me dice sin borrar la sonrisa divertida de su rostro mientras mira a nuestro alrededor, a otras parejas, a esa mezcla de personas de todas las nacionalidades que hay y que bailan sin importarles nada más que la felicidad que están sintiendo en estos momentos.

- Sólo déjate llevar por la música. Siéntela dentro de ti y muévete. ¡Yo tampoco me sé este baile! – parece que le he insuflado algo de optimismo pues me toma con la otra mano de la cintura con fuerza pero con delicadeza al mismo tiempo y empieza a deslizarnos alrededor de la sala. Sonrío mientras me dejo llevar por él y por la música. Somos pobres, no tenemos nada que ofrecer al mundo, nada que ofrecernos entre nosotros más que la mutua compañía. No tenemos nada que perder pero mucho que ganar. No tenemos una caja fuerte llena de fajos de billetes. ¿Quién dijo que el dinero da la felicidad? Carecemos de toda clase de lujos y somos felices. Felices con algo tan simple como unas notas tocadas por un músico que no busca otra cosa que hacer feliz a los demás con su música. Allí arriba estarán en sus salones lujosos con sus mejores galas y sus mejores joyas, pero, ¿sabes qué?, seguro que no están disfrutando de un momento tan mágico y pleno como todas las personas que estamos ahora mismo aquí reunidas. No, el dinero no trae la felicidad.

Esta noche la zona de tercera clase del Titanic brilla con luz propia. Tiene vida y supura felicidad. Una felicidad que muy pocos entenderán. Nos tomaran por locos, pero mientras Asier me lleva por ese pequeño espacio, pasando entre las otras personas que bailan al ritmo de la música, no puedo sentir otra cosa que una plenitud en el corazón que aquellos que creen tenerlo todo no experimentan del mismo modo que nosotros.

martes, 10 de noviembre de 2015

Darkness

La imagen que me devuelve el espejo en estos momentos es irreconocible para mí. Sí, sé que soy yo, pero hace mucho tiempo que dejé de reconocerme a mí misma. Hace tiempo que la joven que conocí durante tantos años desapareció tras un velo de depresión y oscuridad. Es increíble como la muerte de alguien tan especial para nosotros, con quien tenías una imagen de tu futuro, con quien querías compartir la vida, puede destrozarte de tal manera que ni te reconoces a ti misma.

A veces me pregunto dónde está la chica alegre y llena de vitalidad que veía antes en el mismo espejo en el que me veo reflejada ahora mismo y donde desde luego, no hay ni rastro de ella. Ahora vivo en una constante depresión y en un estado en el que mi cabeza solamente está llena de un avispero de pensamientos negativos que no para de zumbar en todo el día. O al menos esa es la sensación que me da a mí. ¿Cómo logra salir la gente de algo así? ¿De un agujero tan hondo? Me aparto un mechón de mi pelo castaño de delante de los ojos. Marrones y grandes, pero sin vida.

Mi otra mano se cierra con fuerza alrededor de la cuchilla que tengo en la misma. El dolor me traspasa la piel, pero no reacciono a él. Ni siquiera cuando me aparto del espejo y paso a sentarme en el borde de la bañera. La bañera del baño que íbamos a compartir durante tantos años, hasta que una llamada de teléfono lo cambió todo de manera drástica. Si hay algo que no olvidaré en la vida es precisamente esa noche, las prisas, los nervios y mi pulso fuera de control. Las horas de espera en aquella sala de fuerte olor estéril hasta ver salir a uno de los médicos. Su cara lo decía todo. No necesité ni una palabra suya. Sentí mi garganta secarse y mis ojos llenarse de lágrimas. Quería gritar pero era incapaz de emitir sonido alguno. Nunca olvidaré su cara, su imagen me va a perseguir toda la vida. Nunca se llega a olvidar a la persona que te dice que has perdido a alguien. Ni tampoco la forma como te lo dice, las palabras, aunque en ese momento pienses que no sabes ni que estás escuchando. Luego esas palabras te golpean con fuerza y una claridad aplastante.

Hay gente que nunca llegara a entender el dolor que estoy pasando y que la única manera que siento que ese dolor sale de mi cuerpo es provocándome más dolor… Mis muñecas tienen unas marcas blanquecinas fruto de los cortes que me he realizado en ellas. Del mismo modo pasa con la parte superior del interior de mis muslos, la zona contra la que ahora tengo la cuchilla.

Noto como se introduce en la piel y mis dedos empiezan a mancharse de sangre. Caliente y llena de vida al contrario que yo, y por raro que parezca, es en ese momento, cuando el dolor de me invade, me hace apretar los dientes y cerrar con fuerzas los ojos, es cuando me siento viva. Ese dolor físico me recuerda que estoy viva. Yo estoy viva y él está muerto, y por eso mismo estoy condenada a esta locura durante el resto de mi vida y a caer lo más bajo posible. ¿O no es así? ¿Es sólo invención de mi mente a causa de la pérdida?

El ruido de la cuchilla chocando contra el suelo vuelve a traerme al mundo de los vivos. Cojo rápidamente papel higiénico casi de forma frenética para hacer fuerza sobre el corte que acabo de realizarme a mí misma. Ese dolor sigue latiendo dentro de mí y sigue manteniéndome viva. Quizás esta sea la única manera de poder seguir adelante. Sufriendo.

Pasan diez minutos antes de que salga del baño con la falda perfectamente colocada y un amago de sonrisa en el rostro. Se ha convertido casi en una odisea sonreír, pero a veces, aunque sea por educación ese gesto tiene que aparecer en tu rostro. El bolso está sobre el mueble del recibidor y dentro del mismo las llaves. Echo un último vistazo al interior de mi hogar antes de abrir la puerta y salir.

Nadie parece sospechar. Los vecinos me saludan con normalidad, aunque en sus rostros aún veo el rastro de compasión que veo en sus ojos desde aquel fatídico día. Nadie parece sospechar lo destrozada que estoy por dentro o el dolor que me hago a mí misma. Fuera el sol pasa a través de las nubes que hay en el cielo esta mañana mientras yo camino hasta el coche con la intención de llegar hasta mí puesto de trabajo.

Posiblemente es de las pocas cosas que me quedan en la vida.