viernes, 22 de agosto de 2014

No matter how many years go by, I know one thing to be as true as ever was – I’ll see you soon.

No matter what you do or where you go, I will always find you.


A pesar de que me encantaba pasar el tiempo que tenía libre con Ariel, aquella mañana había decidido salir a dar una vuelta y hacer algunas compras sola. Ni siquiera me había llevado a Sam conmigo que estaba jugando en el jardín trasero con mi pequeña sirenita, o más bien ella estaba jugando con él. Me encontraba apoyada contra el marco de la puerta que daba precisamente al patio observándolos. En aquellos momentos me daba cuenta de todo lo que tenía, cuánto lo apreciaba y cuánto me dolería perder todo eso… Eso también hacia que mis ojos se nublasen mientras pensamientos sobre mis padres biológicos cruzaban mi cabeza, y es que… ¿Habrían sentido el mismo miedo, la misma tristeza, desazón que me imaginaba que sentiría si perdía a Ariel? Imaginaba que sí y sólo por ello, porque podía hacerme una idea de cómo debía de ser aquellos sentimientos, quería encontrarles para al menos decirles que estaba bien, que seguía viva y que mi nueva familia, una familia que era maravillosa me estaba cuidando tanto a mí como a mi hija como si fuéramos de su propia sangre.

Un toquecito en uno de mis hombros me hizo volverme para encontrarme con los profundos ojos verdes de Hans que me miraba. – ¿Qué haces ahí parada? – Me encogí de hombros antes de acercarme hasta mi hermano y dejarle un beso en la frente.

- Miraba a Ariel. Voy a ir al centro a comprar algo de ropa y tomar algo… ¿Te apuntas? Podríamos ir a comer en alguna pizzeria… - Le tenté con una pequeña sonrisa en el rostro a sabiendas de que amaba comer Pizza.

- Pues… Iba a echarme una partida al GTA, y ya sabes que no me gusta ir de compras. – En su rostro apareció un mohín que me hizo sonreír. – ¿Te llamo luego y comemos juntos? Me ha gustado la idea de la pizza, y Anna y Dani van a ir al cine con Ariel. – Se encogió de hombros. Eso significaba que no le apetecía nada ser el único que se quedase en casa sin salir.

- Me parece bien. – Contesté entrando en la cocina y quitando la mirada de Sam y Ariel. Sabía perfectamente que no iba a pasarle nada, sobre todo teniendo al can con ella, pero eso no quitaba que en ocasiones tuviera la necesidad de tenerla bajo mi radar en todo momento. Quizás en cierto modo estaba influenciada por mis propias vivencias. Le oí alejarse y momentos más tarde subir a toda prisa las escaleras y caminar por el piso superior. - ¡Mamá! – Grité al tiempo que me movía por la casa buscándola hasta dar con ella en el salón - ¿Puedes echarle un ojo a Ariel? Voy a hacer algunas compras en el centro. – Asintió con la cabeza dedicándome una pequeña sonrisa antes de que yo desapareciera en el pasillo. Fuera hacia un día espléndido así que ni siquiera me molesté en coger el abrigo o un paraguas. ¡Por amor de Dios! Estábamos a principios de agosto… Lo que me recordaba que posiblemente todo aquel misterio que rodeaba a mi familia se debía a que faltaban escasos días para mi cumpleaños.

Mi cumpleaños. Otro de los muchos misterios que me rodean. Quién sabe si realmente tengo casi veintitrés años y si sólo es una aproximación. Cuando me encontraron no llevaba ninguna identificación encima y si no recuerdo mal se guiaron por diferentes estudios que me hicieron para aproximarse a mi edad… Ni siquiera recuerdo el día original en el que nací, si celebro mi cumpleaños el 5 de agosto es porque fue el día en el que desperté del coma hace casi siete años y me parecía lo correcto; el día que volví a nacer.

Mis ojos verdes se alzaron hacia el cielo cuando cerré la puerta tras de mí antes de bajar los escalones, pasar el pequeño jardín delantero y cerrar la verja que separaba la casa de las demás y de la acera. Esa sensación de que alguien me vigilaba volvió a invadirme haciendo que por enésima vez desde hacía unas semanas mirase calle arriba y calle abajo antes de echar a andar. Lo peor de esa sensación es que no desaparece por muchos metros de calle que recorras o muchas esquinas que gires, por muchas vueltas que des. Al final llegué a la boca de metro más cercana aliviada en cierto modo de poder mezclarme con la gente mientras bajaba las escaleras. Tanta gente a mí alrededor en lugar de agobiarme me producía un alivio enorme porque esa sensación se desvaneció en el mismo instante en que puse un pie en el andén. No obstante parecía que había bajado con demasiadas prisas puesto que choque contra una pareja que prácticamente enseguida me fulminó con la mirada. – Disculpen. – Menté mientras me alejaba de ellos y negaba con la cabeza. Vamos, hombre, tampoco hacía falta mirarme de aquella manera, ¿no? Les eché un último vistazo antes de dar unos cuantos pasos. Los acordes de una guitarra inundaban el lugar y antes de darme cuenta noté que el hombre había dejado de tocar el instrumento para mirarme directamente.

- Usted es la chica del chico Hendrix. – Y juraría por la forma en cómo me estaba mirando que no me equivocaba al pensar que me lo decía a mí. ¿Hendrix? Recordaba haber oído algo sobre ese apellido pero ahora mismo no lo ubicaba demasiado bien. -  Una propina como aquella no se olvida señorita… - Fruncí ligeramente el ceño. ¿De verdad acababa de reconocerme? Mi cerebro se disparó y aunque tenía la pregunta en la punta de mi lengua en ningún momento salió de entre mis labios, entre otras cosas porque precisamente en ese momento apareció el metro que debía coger. En lugar de hacer la pregunta le sonreí amablemente antes de darle unas cuantas monedas que llevaba encima y entrar en el vagón.

Últimamente me pasaban tantas cosas extrañas que empezaba a pensar que había alguna cámara oculta en algún lado. Eso o que estaba en el lugar que me correspondía. Cuando me habían encontrado no habían sabido decir con exactitud de que parte de Europa era. ¿Y si todo aquel tiempo había sido inglesa sin saberlo? Me senté en uno de los asientos llevándome incluso una de mis manos a la frente. Empezaban a ser demasiadas cosas sin sentido aparente pero que podían acabar teniéndolo. Fue una suerte que a pesar de todo estuviese pendiente de las paradas y bajase en la que me tocaba precisamente a mí. Subí lo más rápido que me lo permitieron mis piernas las escaleras hacia el exterior tomando una gran bocanada de aire. Sentía que la cabeza iba a empezar a darme vueltas si seguía pensando en ello. Cuánto más pensaba en todo lo que me estaba pasando cuando más lo hablaba con Hans que se había convertido en algo así como mi confidente, más sentido parecía tomar todo.

Sentía que estaba tan cerca de encontrar lo que llevaba tantos años buscando que el vértigo en mi estómago no tardó en hacerse notar. Miedo y emoción a partes iguales, aunque una parte de mi quería correr, huir lejos y refugiarse en la seguridad que me había dado mi familia, los Fitzsimmons y mis hermanos. Volver a California y a su calor, a las playas, el surf… Sin embargo la otra parte me decía que no fuera cobarde y me enfrentase a lo que fuera que tuviese que venir, como había hecho siempre.

Una gota de agua cayendo sobre el dorso de mi mano fue lo que me sacó de mis cavilaciones y me hizo levantar la mirada. ¿Cuándo había desaparecido el azul del cielo para tornarse gris? Ni siquiera me había percatado de que la brisa era mucho más fría que cuando había salido de casa. A esa solitaria gota le siguió otra, y otra, y otra más, hasta que la lluvia empezó a descargar toda su furia sobre Londres. La gente que como yo no llevaba paraguas empezó a correr para refugiarse del agua. Me quede parada quizá más tiempo del necesario antes de hacer lo propio. Ni siquiera me molesté en poner el bolso sobre mi cabeza como veía hacer a muchos. ¿Qué maldito sentido tenía aquello sí de todos modos me iba a mojar igual? A pocos metros de distancia había un portal que fue precisamente donde me dirigí precipitándome en su interior.

Me apoyé contra la pared del mismo. La ropa mojada contra mi piel pesaba mucho más de lo normal y no pude evitar maldecir el no haber cogido un paraguas antes de salir de casa. Mira que sabía que el tiempo en Londres era bastante caprichoso, pero una parte de mi había creído que el sol y el cielo despejado de aquella mañana iba a permanecer así todo el día. Me equivoqué. El ruido de la lluvia contra el asfalto y la acera era todo lo que escuchaba además de los coches y el agua salpicando contra el bordillo. Mis cabellos húmedos se me pegaban contra el rostro apartándomelos con una de las manos mientras viraba la mirada hacia la calle. Fue entonces cuando otra figura entró en el portal donde me había refugiado. Sus cabellos probablemente claros estaban oscurecidos a causa del agua mientras se pasaba una de las manos por el mismo y se apoyaba en la pared frente a mí a medio metro de distancia, quizás un poco más.

No fue hasta que levantó la mirada hacia mí y me encontré con aquellos ojos claros clavándose en mis pupilas, que ocurrió. Sentí como si las piernas me fallaran y como si me quedase sin respiración. El corazón empezó a bombearme con fuerza dentro de mi pecho y el pulso se me aceleró de tal manera que mis manos empezaron a sufrir un ligero temblor. Era como si me hubieran dado un latigazo. Como si algo se hubiera instalado dentro de mi cuerpo. Era como si mi subconsciente, allá muy dentro de mi cabeza, en lo más hondo, hubiera estado esperando ese momento durante mucho tiempo. Esos ojos. Esa mirada que me atravesaba. Un extraño calor me invadió el cuerpo entero naciendo en mi corazón y extendiéndose hasta las puntas de mis dedos, atravesando cada parte de mi cuerpo, dejándome con una sensación de paz, de amor que solo había sentido cuando había cogido a Ariel por primera vez en brazos.

Amor a primera vista lo llaman. ¿De verdad me estaba pasando eso a mí? ¿Con un simple cruce de miradas? Algo muy dentro de mí me decía que había algo más tras todos aquellos sentimientos, algo que le podría dar un sentido y una lógica al sentirse tan irremediablemente atraída por una persona con la que ni te has cruzado una sola palabra. ¿O me había cruzado ya alguna palabra con aquel extraño y ni tan siquiera lo recordaba? Que tu vida fuera una página en blanco tenía esa clase de inconvenientes. No aparté la mirada, me sentía incapaz porque no quería romper esa conexión que estaba sintiendo. No quería perder eso… - Lo siento… - Musité en un determinado momento sin saber cuánto tiempo me había quedado plantada mirándole fijamente, aunque él tampoco había apartado la mirada en ningún momento. Rompí el contacto visual y algo frío me invadió así como una necesidad casi enfermiza de volver a establecer esa conexión, y aunque me costó más de lo que estaba dispuesta a admitir, mis ojos se desviaron hacia la calle y la visión de la lluvia caer.

martes, 29 de julio de 2014

Back to Life

Despertar de un coma es posiblemente una de las experiencias más extrañas y sobrecogedoras que pueda sufrir una persona. Despertar con la mente vacía puede ser lo más horrible que le pase a una persona. Sentía la luz al otro lado de mis párpados cerrados, oía voces a mi alrededor, lejanas, cercanas… y un pitido constante, ruidos variados y por mi nariz entraba un fuerte olor estéril. Me pesaban los párpados tanto que tuve que hacer varios intentos antes de abrir los ojos para volverlos a cerrar antes de que pudiera pasar ni tan siquiera un segundo. La luz había dado en mis ojos y era tan fuerte que incluso me hizo daño. Los mantuve cerrados unos segundos antes de volver a abrirlos, más despacio y aunque tuve que cerrarlos por la fuerza de la luz que entraba a través de las ventanas, pude mantener los ojos abiertos.

Dos ojos grises me miraron antes de desaparecer. La tranquilidad que había reinado pronto desapareció. Una mezcla de voces que se acercaban y gente caminando de un lado a otro no muy lejos de donde me encontraba me puso alerta. Tan alerta que aunque mis ojos estaban desenfocados cuando vi aparecer un rostro borroso delante de mí, mi primer instinto fue alejarme automáticamente. Echarme hacia atrás. “Tranquila” oía que me decían y noté como alguien me tomaba la mano. “Dame un apretón en la mano”. Y lo hice. Era capaz de entender lo que me decían y asimilar las órdenes, pero, ¿sabía algo más? Un miedo me atenazó la garganta. Por mucho que buscase no había nada dentro de mi cabeza. Posiblemente el médico que me estaba atendiendo se había dado cuenta pues me había vuelto a pedir que me calmase, y el tacto de su mano contra la mía así como el leve apretón que me dio lo consiguieron.

¿Qué pensaba? ¿Acaso era capaz de pensar? Una luz potente dio contra mis ojos cuando el médico se acercó a mi rostro con aquella linterna para verme las pupilas. “Responde” le oí decir al tiempo que mi rostro intentaba moverse hacia allí. Fue entonces cuando fui consciente de que no respiraba. Es decir, respiraba, pero tenía un tubo metido hasta la garganta. ¿Cómo no me había dado cuenta antes de eso? Posiblemente vieron el miedo en mis ojos, en mi expresión, pero no tardaron demasiado en mandarse órdenes entre sí. Llegaba un momento en que mis ojos no sabían a donde moverse. Primero los que me cambiaban una bolsa, ¿suero? ¿Medicación? Para luego moverse hacia el segundo el que me sacó aquel tuvo de la garganta. Noté como me subía por la tráquea hasta salir por mi boca. Un dolor agudo y la boca reseca fue lo que me esperó, antes de dar mi primera bocanada de aire. Nunca me he sentido tan bien al respirar por mí misma.

- ¿Sabes dónde estás? ¿Cómo te llamas? – Espera un momento. ¿Dónde estaba? Terror. Algo me recorrió el cuerpo entero sumado a una extraña sensación de que algo se movía dentro de mí a la altura de mi vientre. ¿Qué había sido eso? Miré al médico que me había hecho esas preguntas con una expresión de miedo en el rostro. – Tranquila, no pasa nada estás…

- En… un… hos…pi…tal… - Logré pronunciar. Tenía la boca pastosa y me costaba horrores formar una frase en mi cabeza, más aún sacarla de entre mis labios. Hospital. Médicos. ¿Qué diantres hacia yo en un hospital? ¿Y por qué recordaba lo que era? ¿Por qué recordaba que eran los médicos? ¿Por qué había sabido todo eso pero no recordaba cual era mi nombre. Cerré los ojos con fuerza como si así me fuera a llegar aquella respuesta. Nada. – No… lo… re…cuer…do… - Frustración. Miedo. Ansiedad. Demasiados sentimientos agolpándose dentro de mi cuerpo y yo sintiendo unas ganas horribles de ponerme a gritar. Quería saber cómo me llamaba, quería recordarlo. ¿Por qué no recordaba quién era? - ¿Dón…de…es…toy…? – El hombre me miró sorprendido unos segundos. – Pa…ís… - Si. País. Aunque posiblemente aunque me dijeran el país donde estaba ni siquiera sabría decir donde estaba precisamente.

- Estás en Croacia. Te encontraron hace cuatro meses y te ingresaron aquí… - Seguía sintiendo su mano alrededor de la mía y estaba segura de que de no ser por eso estaría temblando. Aquello no sonaba nada bien. ¿Me habían encontrado? ¿Cuatro meses? – Entraste en coma a raíz de una cirugía de urgencia que tuvieron que realizarte. - ¿Una qué? Mi mente empezó a dar vueltas y tuve que cerrar los ojos. – Será mejor que descanses. – Le oí decir mientras se levantaba – En otro momento hablaremos sobre tu estado. - ¿Estado? Abrí nuevamente los ojos lentamente fijando la mirada en el hombre que me sonreía antes de soltarme la mano y salir de la habitación. Mi mirada fue a parar al inmaculado techo que había sobre mi cabeza justo en el momento en que lo volví a sentir, era como si algo dentro de mí se moviera, algo pequeño algo lleno de vida. Noté mis ojos anegarse en lágrimas al tiempo que mis manos se movían hacia mi vientre, un vientre que estaba ligeramente abultado. Nunca sabré exactamente cómo, pero en ese momento supe que había vida dentro de mí. Supe de algún modo que iba a ser madre y no pude evitar que unas cuantas lágrimas recorrieran mis mejillas.

lunes, 12 de mayo de 2014

The First Time I Ever Saw Your Face [Fragmento]

Fragmento del capítulo tres dedicado a mi amiga más lóngeva de internet
11 años juntas, 11 largos en los que hemos reído y llorado juntas
Tardamos mucho en conocernos en persona pero al final lo logramos
Por otros 11 años juntas. Ya sabes que Céline va por ti, Carla.

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Veo que me voy a perder más de una vez por el laberinto que es para mí el R.M.S. Titanic. Me hace atravesar una puerta que nos introduce en un enorme salón. El ruido de voces y más voces, de diálogos, de risas y de múltiples acentos es lo primero que oigo nada más poner un pie allí. Hay bancos de madera prácticamente pegados a los paneles de madera que conforman las paredes, además de una hilera justo en el centro. Sillas y mesas colocadas por doquier y que en este momento están prácticamente todas ocupadas. Hay tantas personas, tantas cosas en las que fijar la vista que mis ojos se mueven a gran velocidad de un lado a otro. Un par de niños pasa corriendo a nuestro lado y no puedo evitar recordar a la pequeña de cabellos rubios que me ha pasado por debajo de la falda del vestido unas cuantas cubiertas más arriba. Automáticamente vuelvo a visualizar dentro de mi mente los ojos azules del hermano que la acompañaba. Sacudo la cabeza con rapidez para quitarme eso de la cabeza y mis ojos vuelven a enfocar la sala donde nos encontramos.

A medida que avanzamos entre la gente me llaman la atención las lámparas que hay en los centros de las mesas. Fuerzo un tanto la vista para verlos bien, pero cada vez pasa alguien por delante y al final desisto. Hay gente por todas partes y un ambiente de jovialidad que inunda el aire y consigue que todo parezca mucho mejor de lo que es. Incluso nuestras perspectivas de futuro. Oigo a alguien decir “sueño americano” y una sonrisa automática me cruza el rostro. Toby me conduce hasta el fondo, hasta una mesa donde se encuentran ya dos personas, dos hombres.

- Te presento a John Sweets y James Sanders, mis compañeros de camarote. – Uno de los muchachos es de porte afable y con un rostro que se ilumina gracias a unos ojos claros. Me dedica una sonrisa que no tardo en devolverle. Su cabello es rubio oscuro y está perfectamente cuidado a pesar de que es obvio por sus galas que no es más que un pobretón, igual que nosotros. El otro va mejor vestido, quizá ha tenido más suerte en la vida, aunque sus facciones son más duras y tiene el rostro surcado por varias cicatrices, sus ojos negros, pequeños, dejan entrever que ha tenido una vida dura. También noto a simple vista que es bastante mayor que nosotros, ya que en su cabello negro azabache se ven varias canas aquí y allá. – Ella es Valerie, mi amiga con la que hago este viaje. – Me presenta a los muchachos que automáticamente se adelantan y me estrechan la mano. El primero, John se da la vuelta y percibo que llama a alguien. Miro de  interrogativamente a Toby que se encoge de hombros a mi lado. Una muchacha de aproximadamente mi edad de largos cabellos rubios que lleva recogido en una trenza al igual que yo se acerca hasta nosotros. Posee unos ojos claros al igual que John, pero sus facciones son más delicadas, incluso la forma en la que se mueve hace que parezca que está flotando y no puedo evitar preguntarme por qué tengo la sensación de que está fuera de lugar.

- Os presento a Céline Lehane, mi prometida. – Una sonrisa asoma en el rostro de la muchacha mientras da un paso hacia nosotros. – Ellos son Toby y Valerie. – Lo cual me deja claro que a James ya le conoce de antemano. Quizás hasta se hayan encontrado los tres antes de que Toby encontrase su camarote, todo es posible.

- Es un placer. – Incluso su voz es delicada, suave, como un murmullo y otra vez me preguntó lo mismo que hace unos segundos. ¿Está fuera de lugar esta muchacha rodeada de tantas personas de la tercera clase?

- Igualmente – Le estrecho la mano con una sonrisa en el rostro. Es la primera mujer que me habla desde que he subido al buque y que sea una muchacha aparentemente tan educada y amable sólo hace que las cosas sean más fáciles.

- Muchachos, ¿qué les parece si vamos a la sala de fumadores que se encuentra aquí al lado? – El que lo ha propuesto es James Sanders que mira a Toby y John con una sonrisa ladeada en el rostro. Sé perfectamente que Toby no fuma pero también le conozco lo suficiente como para saber que no va a hacer el feo de decirle a su compañero de camarote prácticamente recién conocido que no quiere ir. Es por eso que no me sorprendo en absoluto cuando se vuelve hacia mí con una ligera sonrisa y me planta un beso en la mejilla antes de decirme que vuelve en un rato por mí. Echa una mirada a Céline antes de despedirse de la misma y observo como su prometido la besa ligeramente en los labios antes de irse con Toby y James que han tomado la delantera y desaparecen entre el gentío. Mi mente viaja nuevamente hasta los ojos del chico sin nombre antes de notar que Céline ha puesto su mirada sobre mí. La miro y le sonrío con amabilidad mientras tomo asiento en la mesa donde ella se ha sentado. ¿Cuándo? No lo sé, posiblemente mientras yo volvía a visualizar aquellos zafiros franceses.

- Me gusta mucho tu nombre. Suena… no sé… - Noto que se queda pensativa como si no supiera que decir. Yo me limito a sonreírle agradecida mientras me paso una de mis manos por mi cabello castaño peinándomelo distraídamente, eso que haces cuando no sabe qué hacer. - ¿Eres inglesa? – Asiento con la cabeza. Inglesa de pura cepa como aquel que dice. Nacida y criada en Inglaterra. Soy ese tipo de persona que jamás hubiera creído que fuera a dejar su tierra natal y sin embargo aquí me encuentro, en un enorme trasatlántico cruzando precisamente el océano Atlántico para irme a América donde me espera mi padre y un futuro con mi mejor amigo.

- Tu deduzco que eres francesa – Lo digo casi sin pensar, pero es que su nombre parece tan francés. El típico nombre que me mencionaba Chloe cuando decía en voz alta sus lecciones de francés y mencionaba nombre de aquel país. Qué coincidencia (o quizás no lo es) que me encuentre a una muchacha de nombre francés cuando hace un rato me he topado con aquel muchacho cuyos ojos parecen haberse grabado a fuego en mi mente por mucho que yo trate de evitarlo y, es que aunque me pregunto el por qué no consigo encontrar respuesta alguna a este misterio. Cosas de la vida.

- Así es – Me contesta y veo una sonrisa asomar en sus labios. Parece orgullosa de su patria y no es para menos. ¿Quién no lo está? – Soy de Burdeos. No sé si… - Se calla e intuyo que iba a decirme que no sabía si lo conocía.

- No, no lo conozco aunque seguro que es un lugar precioso. – Lo poco que le he oído hablar a Chloe sobre Francia me ha parecido una maravilla, porque por supuesto, la señorita Whitakker si que ha viajado en varias ocasiones por Europa, una lástima que nunca me hayan permitido acompañarla y me hayan dejado en casa ocupándome de tareas generales a pesar de ser su doncella personal.

- Lo es. En cierto modo me apena abandonar Francia, pero seguramente América también tenga sus rincones con una belleza única – Lo dice con un tono misterioso en la voz, casi juraría que con cierta tristeza pero como si no tuviera más remedio que irse de Francia y embarcarse rumbo a América. Me pregunto automáticamente si habrá algo más que simplemente cambiar de país y continente, sino habrá algún motivo oculto tras todo eso.

jueves, 24 de abril de 2014

6 de abril de 1912

El principio de esta historia, de este proyecto...
Lo dedico a todas esas personas que a pesar de lo ocurrido
me siguen animando a seguir adelante con esto:
Paloma, Carla, Lorena, Marina, Manuel, Rafa, Atai, Aida...
Posiblemente haya más gente que me haya dicho
"No vale la pena dejarlo por ella" pero ahora no os recuerdo.
¡Gracias a todos! Va por vosotros.

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6 de abril de 1912

Emma, el nombre de mi madre, la persona dentro de la cual me formé y crecí durante nueve meses. Nací un catorce de abril de hace casi dieciocho años, no soy hija de personas importantes, soy hija de un carpintero y una costurera, no seré famosa, mi vida no estará relatada en los libros de historia, mi nombre no trascenderá y, muy probablemente contadas personas sabrán de mi existencia, conocerán mi historia. Estoy casi segura de que el billete de tercera clase para el R.M.S Titanic que ahora sostengo con mis manos, me va a cambiar la vida. Es una sensación, un pálpito. Sueños de un espíritu lleno de pasión dirán algunos, otros dirán que son sinsentidos o que es la esperanza que albergo de una vida mejor. No sé decir con exactitud qué es, incluso me da miedo. Tengo una sensación de vértigo invadiéndome la boca del estómago. Me voy a alejar de todo lo que me es conocido: mi país, mis amigos, mi hermana… Me voy a embarcar en un viaje al Nuevo Mundo, a América. Al mismo lugar donde fue mi padre hace un año y posiblemente el reencontrarme con él sea una de las cosas que más me emocionan y más ilusión me hacen de todo esto. Al menos no voy a hacer este viaje sola.

Es posible que a ti tampoco te interese demasiado la vida de una persona como yo, ¿o sí? Tampoco has llegado tan lejos aún en la historia como para decidir algo así… Te invito a seguir conmigo unas cuantas líneas más y si luego ves que no te convenzo, siempre puedes cerrar el libro y seguir con tu vida. No prometo aventuras épicas y fantásticas, pero supongo que sí que te puedo prometer una historia humana, de emociones, sensaciones y de una vida que puede ser la de cualquier persona, que podría haber sido la tuya de haber nacido en esta época… que podría haber sido la de un familiar o amigo tuyo. Nunca se sabe donde te llevará la vida y que te ocurrirá en ella.

El lugar de donde provengo no es que sea de suma importancia, mis padres han vivido siempre a las afueras de Londres, en una residencia modesta y sin demasiados privilegios ni posesiones valiosas. Realmente sus posesiones más valiosas siempre hemos sido sus hijas, mi hermana Theresa y yo. Ni mi hermana ni yo hemos tenido una mala infancia, hemos sido unas niñas y jovencitas muy felices, con unos padres que nos querían y adoraban con locura. Nunca nos ha faltado absolutamente nada. Hemos tenido ropa en condiciones y tres platos de comida diarios para llenar el estómago e incluso nos hemos podido permitir algún que otro capricho. No obstante, todo eso cambió cuando mi madre empezó a enfermar. Fue una enfermedad lenta y agonizante… Una gripe dijeron los médicos. Una gripe que la mantuvo en la cama desde que yo tenía trece años hasta el día de su muerte.

Recuerdo muy nítidamente esos años, esos meses y sus últimos días, a pesar de que han pasado casi cinco años desde que todo aquello empezó. Aún a día de hoy me duele no haber podido estar con ella en sus últimos momentos. El deber me llamaba y no es tan fácil tomarse un día libre cuando trabajas al servicio de una familia. No tienen compasión y por lo tanto tampoco consideración por los problemas de sus trabajadores, o al menos no todos ellos. Esos ojos verdes que me miraban desde el otro lado del salón llenos de compasión, hoy día siguen haciéndome sentir menos invisible en una casa donde el servicio es como un simple mueble. La enfermedad de mi madre nos pilló por sorpresa. Una tarde se desmayó sin más y cuando fui a auxiliarla noté que estaba ardiendo, como siempre había plasmado una sonrisa en su rostro y fingido que todo iba bien. Es un rasgo odioso pero que yo misma he heredado de ella. Odio que la gente se preocupe por mí y se esconder muy bien los dolores, la tristeza y fingir que todo va perfectamente.

Un desmayo y fiebre. Todo empezó con eso y termino de la misma manera. El médico le diagnostico una gripe y le dio unos medicamentos que si bien la ayudaron a sentirse mejor nunca la sanaron del todo. Sigo en mis trece de que no era una gripe y que ni el médico supo exactamente lo que mi madre padecía. Su enfermedad fue la razón por la que tanto mi hermana como yo tuvimos que buscar un trabajo, que ayudara a la economía familiar y nos permitiera independizarnos en un futuro. No negaré que la idea de irme a trabajar en la servidumbre de una familia adinerada no fue enteramente de mi agrado, pero era lo máximo a lo que podíamos aspirar…

Llegamos al hogar donde íbamos a trabajar una mañana de mayo, yo acababa de cumplir los catorce años. ¿Qué si recuerdo la primera vez que me vi frente a aquella intimidante casa? Sí, perfectamente. Me sentí pequeña y mi hermana envolvió la mano que tenía más cerca de mí con una de las suyas haciendo que me sintiera protegida y un poco más fuerte. Sentí que con ella al lado podría cruzar aquellas enormes puertas de roble y enfrentarme a lo que fuese que hubiese dentro.

Los suelos eran lustrosos y casi parecía que pudiéramos vernos reflejadas en ellos. Viré el rostro hacia Theresa que estaba justo a mí lado y pude ver en su rostro la misma sorpresa que posiblemente estuviese dibujada en la mía. - ¿Las hermanas Miller? – Preguntó una joven mujer que se acercó a nosotras. Mi hermana asintió y me dio un apretón en la mano que manteníamos entrelazadas con fuerza. – Puntuales. A la señora le gusta la puntualidad. – Enarqué una ceja con curiosidad mientras la observaba. Sus cabellos estaban ocultos bajo la cofia de color blanco de la que solo salían algún mechón de pelo rubio. El vestido que llevaba era negro de cuello alto y cuya falda le llegaba hasta los tobillos. Todo ello complementado con un delantal de color blanco. Así que así íbamos a vestir a nosotras… - Me llamo Mellanie. – Se presentó finalmente antes de hacernos un gesto con la mano para que entrásemos. – Os enseñaré un poco esto, es imposible aprenderse todos los lugares de memoria de entrada, así que no os preocupéis. Somos casi cincuenta personas en el servicio, tampoco hace falta que os aprendáis los nombres de todos ya, lo más importante primero es saber los nombres de los señores y las señoritas. – Nos guió hasta el primer piso subiendo por una enorme escalera cuya barandilla era de un tipo de madera precioso y los escalones juraría que de mármol. – También es importante que memoricéis enseguida como les gustan las cosas más cotidianas. El desayuno, el té, que les vistan, les peinen, cosas así… - ¿En serio? ¿Solo eso? Mi cabeza estaba a punto de estallar de la cantidad de información que me estaba metiendo aquella joven en la cabeza así de primeras. Miré a mi hermana de reojo y pude ver en su rostro el mismo estrés que me estaba invadiendo a mí. No pude sentirme más aliviada ante el hecho de que no era la única que pensaba que iba a meter la pata de un momento a otro cuando me dejaran sola. - ¡Cuidado por dónde vas Toby! – Le espetó la mujer cuando vio a un joven de cabellos castaños pasar con una bandeja y bastante prisa.

- Lo siento, Mellie. Las prisas, ya sabes… - Pareció notar nuestra presencia justo en ese momento y una sonrisa se dibujó en su rostro mientras nos miraba. - ¿Sois las hermanas Miller? – Preguntó directamente mirándonos a nosotras. Yo siempre he sido la más impulsiva pero la timidez me ganaba la batalla en ese momento y permanecí callada aunque sin quitarle la mirada de encima. Tenía algo que hacía que quisieras saber más de él e incluso un halo a su alrededor que te decía que era una persona de confianza.

- Sí, son ellas. Les estoy enseñando un poco la casa. ¿Por qué no sigues con tus tareas? Pareces un pasmarote ahí… - Pronto averiguaríamos que Mellanie no era una simple sirviente. Era el ama de llaves de la casa, la mujer que controlaba a todos los trabajadores en aquella enorme casa a excepción del chófer que era cosa aparte.

- Sí, señora. – Noté cierto tono de broma en la voz del muchacho que hizo que Mellanie frunciera el ceño y le fulminara con aquellos ojos que poseía. Yo por mi parte tuve que llevarme una de las manos a la altura de la boca para disimular la sonrisa divertida que acababa de salir en mi rostro. Me miró unos segundos y sonrió divertido también, además de guiñarme el ojo. No hacían falta palabras: lo había visto. Le seguí con la mirada durante unos segundos hasta que le perdí de vista al desaparecer tras una esquina. Mellanie entre tanto había vuelto a hablar pero se podría decir que yo había desconectado por completo y solo volví a conectar cuando noté que la mujer volvía a caminar.

- … En el ala norte de la casa. Por supuesto no contamos con los mismos lujos que ellos, pero no están mal. Tú compartirás habitación con tres muchachas y tú – En ese momento me miró directamente a mí – Con otras cinco doncellas. Si no os parece bien o nos caen bien os tendréis que aguantar. Nada de lloriqueos, nada de pucheros, aquí somos doncellas, estamos para servir, ayudar y hacer las tareas que nos pidan los señores, pero sin quejarnos, ni mostrar lo cansadas que estamos. – Paró en medio del pasillo, aunque no me hubiese dado cuenta nos estaba dirigiendo precisamente a la ala norte de la casa. Su mirada volvió a hacerme sentir pequeña en medio de aquel enorme pasillo. – La regla más importante es que aunque lo veamos y oigamos todo, de puertas afuera de la habitación donde ocurran las cosas seremos ciegas y sordas. Nada de chismorreos o cotilleos sobre los señores, sus familiares o sus amigos, ¿entendido? – Asentí. ¿Qué otra cosa podía hacer? Incluso bajé la mirada al suelo y la mantuve ahí el resto del camino hasta nuestras habitaciones. Primero la de mi hermana y luego la mía donde había una muchacha. Mellanie se despidió de mí cerrando la puerta tras de mí y dejándome con aquella muchacha pelirroja y pecosa.

- Me llamo Jill, bienvenida. – Una sonrisa cándida asomó en su rostro y casi de inmediato me relajé. La miré unos segundos con curiosidad, parecía una muchacha vital, llena de vida. - ¿Cómo te llamas? – Se acercó hasta mí, pasándome uno de los brazos por encima del hombro.

- Valerie. – Respondí con timidez mientras me dejaba arrastrar por la muchacha hasta la cama más alejada de la puerta. Estaba cerca de la ventana y fue entonces cuando gracias a la inclinación de la pared en esa zona me di cuenta de que estábamos en la alcoba. – Vaya… - No sabía que esperar la verdad. Fruncí la nariz ligeramente cuando un olorcillo a moho llegó hasta mis fosas nasales.

- No vivimos en las mejores condiciones, pero he oído que hay doncellas que viven peor. – Jill se encogió de hombros antes de mirarme brevemente unos segundos y dirigirse a un armario del que saco un uniforme. – Creo que te valdrá hasta que te tomen las medidas y te hagan tus uniformes. – Me sonrío de una manera que consiguió que todo el miedo que había tenido antes de llegar se desvaneciera. Lo hacía por un bien mayor, no sólo para poder independizarme económicamente, sino también para ayudarnos a mis padres, en especial a mi madre que seguía estando enferma.

Esa misma noche me presentaron a los Whitakker, después de haberme explicado alguna que otra cosa sobre los mismos y cuáles serían mis tareas concretas. Al parecer iba a encargarme personalmente de todo lo que necesitara Chloë, la hija pequeña de la familia. Estaría mintiendo si dijera que sabía exactamente lo que me podía esperar. Iba totalmente a ciegas porque nunca antes había conocido a personas “importantes” ni de un estatus social superior al mío. Para mí era algo impensable estar en un lugar como aquel y trabajar para una familia adinerada. Nos hicieron bajar a una habitación que era igual de gran prácticamente que toda mi casa, el salón de estar según nos dijeron. Tuve que reprimir el quedarme boquiabierta ante semejante visión, pues imaginaos cómo me sentí en ese momento. Pequeña, insignificante en medio de aquel majestuoso salón.

Los Whitakker se volvieron a mirarnos tanto a mí como a mi hermana cuando Mellanie les anunció nuestra presencia en el lugar. La primera persona con la que se toparon mis ojos fue una mujer de cabellos oscuros como la noche y ojos del mismo tono. Tenía una mirada profunda, de esas que te atraviesan cuando se posan sobre ti. Tenía unos rasgos muy suaves y femeninos y unos labios carnosos que formaban una línea recta. Sus ojos nos examinaron como si fuéramos un mero objeto que tenía que tener su visto bueno. – Perfectas. – Comentó sin más mirando directamente al ama de llaves como si nosotras no estuviéramos allí. Junto a ella fumando había un hombre de mediana edad, tenía aspecto cansado y sus ojos estaban ligeramente hundidos. Aún así nos dedico una sonrisa escondida tras la espesa barba que poseía. Se trataba de James Whitakker el patriarca de la familia, el marido de la mujer estirada, Siobhan Whitakker. Sentados en un sofá de piel de un color granate, estaban los hijos mayores del matrimonio: Chloë, una muchacha menuda de cabellos oscuros pero unos intensos ojos verdes, tiene la cara ovalada y los mismos rasgos suaves de su madre, así como sus mismos labios, pero su mirada y la sonrisa que hay en su rostro transmitían dulzura e incluso podría decirse que inocencia, algo muy alejado de la frialdad que transmitía Siobhan. Luego estaba Christopher, el primogénito de los Whitakker, que estaba sentado junto a su hermana, poseía los mismos ojos verdes que esta y su padre, y unos rasgos varoniles muy marcados, pero al contrario que su hermana y su padre, él parecía estar envuelto en un aura de misterio y frialdad que me llamó la atención desde el primer momento.

Podría decirse en efecto, que los misterios es algo que me fascina en la vida y, en esos momentos Christopher Whitakker se me presentó como uno de ellos. Como uno de los muchos misterios que estaba dispuesta a resolver en la vida. Era una necesidad de saber que había bajo aquella apariencia distante y fría que mostraba en un primer contacto. Mis ojos marrones entraron en contacto con sus orbes verdes sin ser aún consciente de lo mucho que iba a significa él en mi vida y todas las cosas que se escondían tras aquella fachada que me estaba mostrando en aquellos momentos.

Vuelvo a mirar unos segundos el pasaje del R.M.S. Titanic que he dejado a un lado mientras terminaba de hacer la maleta y me dejo caer sobre el colchón de paja sobre el que he dormido los últimos tres años observando mí alrededor. La alcoba está llena de las posesiones de mis compañeras de cuarto, es el lugar donde he vivido muchas cosas los últimos años y siento que lo voy a echar de menos. En cierto sentido es mi hogar, pero cuando pienso en todo lo que me queda aún por delante y el viaje que me espera, vuelvo a sentirlo.

De algún modo sé que este viaje me va a cambiar la vida. Nos va a cambiar la vida a ambos.




sábado, 22 de febrero de 2014

We're Born to Die

Para Lara, porque es parte de la historia, parte de Valerie.
Para Paloma por animarme siempre con sus comentarios.

Para Marina, porque sé que le va a encantar.
Y antes de nada, perdón si os parece triste...
Pero... la vida es así.


Empiezo a sentirme encerrada. Sí, hasta ahora no me he dado cuenta de que todo este tiempo he estado metida en una jaula. Una jaula con paredes de madera y puertas, pero una jaula al fin y al cabo. Lo peor no es estar aquí. No, lo peor es hacerse consciente de que se te está acabando el tiempo. Cada segundo, cada minuto que pasa el tiempo que tengo para salir de aquí con vida se me va a agotando. Él también lo sabe, lo veo en sus ojos que en ese momento me miran con una preocupación que va aumentando cada vez más. La relativa tranquilidad de hace un rato ya no existe. Es palpable. En el ambiente, sus gestos, su respiración, la fuerza con la que me toma la mano y me arrastra por el pasillo. Un pasillo que se ha convertido en un río y donde el agua nos llega ya por la cintura.

Nunca lo he expresado en voz alta, pero uno de mis mayores temores es morir ahogada y creo que por primera vez en mi vida, ese miedo empieza a salir a la superficie, en forma de pulsaciones aceleradas y una respiración entrecortada mientras caminamos a contracorriente para buscar alguna salida de los pasillos de la muerte en los que nos encontramos. El frío del agua ya apenas lo siento, mis piernas están entumecidas debido precisamente a la temperatura del agua, pero eso no es algo que me vaya a frenar de seguir andando, seguir luchando por salir de allí, aunque sé que quizás esta sea mi última noche en la tierra. No soy del grupo de privilegiados, nunca lo he sido ni lo seré.

Lo único por lo que me siento privilegiada es por amar. Por ese amor incondicional que ha nacido en días, pero que me acompañará aunque muera esta noche. El amor no muere con la persona. El amor es inmortal. Permanece vivo en cada una de las personas a las que has conocido, a las que has tocado con tu gracia y tu candor. Ese amor permanece en los recuerdos que todas las personas que han pasado por tu vida albergan de tu persona, sean buenos o malos recuerdos. ¿Puedo morir esta noche? Sí, soy más que consciente de ello, pero al menos he amado y me han amado… y ese amor que he profesado de una forma tan pasional, tan genuina, tan única, puede salvar la vida de la persona que más he amado, puede ayudarle a seguir su camino aunque yo ya no esté a su lado, aunque no caminemos juntos nunca más.

Unos gritos me sacan de mi ensimismamiento y miro al frente. Otro grupo de personas que intenta salir de allí y aunque yo hubiera seguido adelante, él me hace torcer y subir unas escaleras hasta llegar a una puerta de hierro. Esas puertas que ahora más que nunca nos indican cual es nuestra posición en la escala de la humanidad. Siento el peso de la falda del vestido que llevo puesto cuando dejo de estar en contacto directo con el agua helada. ¿Y ahora qué? Echo un vistazo a mi espalda, el agua empieza a subir también por los escalones y empiezo a sentirme atrapada. Entre la espada y la pared. Mi respiración se acelera y mis ojos deben ser un claro reflejo del pánico que empiezo a experimentar. Voy a morir, estoy segura.

El sonido del metal chocando hace que vuelva la vista hasta él. Tiene un manojo de llaves en las manos. - ¿Cómo…? – Noto mi voz ahogada y ligeramente chillona, fruto del miedo que se ha empezado a apoderar de mi cuerpo. No entiendo cómo se ha podido hacer con ese manojo de llaves, en mi cabeza no tiene ningún sentido, no al menos en este momento, cuando noto el movimiento del agua y puedo ver su reflejo de un color verdoso acercándose a nosotros por el rabillo del ojo. Mi respiración vuelve a agitarse mientras le veo pelearse con las llaves, buscando la correcta, la que abre la reja y nos puede sacar de aquí.

Pasan los segundos, los minutos y aún no parece haber encontrado la llave correcta. Miro con nerviosismo el manojo de llaves en su mano, que mueve frenéticamente probando todas…, pero son tantas… De súbito siento el agua nuevamente rozando mis zapatos y el frío intenso me vuelve a invadir. No puedo evitar soltar un chillido, haciendo que él también baje la mirada al suelo y empiece a mover las llaves con más prisa. Noto como sus manos empiezan a temblar y como le cuesta incluso meter la llave en el hueco de la cerradura, mientras que el nivel del agua sigue aumentando.

Un “click” me hace volver la mirada desde el agua hasta la puerta. ¡Ha encontrado la llave! Una sensación de vértigo recorre todo mi cuerpo y el alivio prácticamente se entremezcla con el resto de emociones que tengo ahora mismo dentro del mismo. Parece mentira, pero es la fuerza del agua a mis pies que me arrastra hacia delante. Me golpeo ligeramente con la pared que está frente a mí. Me ha parecido oír algo caer dentro del agua y la reja volver a cerrarse. ¿Habrán sido sólo imaginaciones mías? Las luces parpadean sobre mi cabeza al tiempo que me doy la vuelta.

Horror. Es un sentimiento que no hubiera querido experimentar nunca. Noto que mis ojos empiezan a humedecerse y lucho por mantener las lágrimas dentro de ellos, porque la visión de lo que tengo delante no necesita palabras, no necesita que nadie me diga qué va a pasar ahora. Sé perfectamente lo que va a pasar. Me acerco de nuevo a la reja conteniendo las lágrimas. Veo impotencia en sus ojos que me miran desde el otro lado, donde ha quedado encerrado. - ¿Y las llaves? – Pregunto con una nota histérica en mi voz mientras miro a mis pies y a los lados, pero ni rastro del manojo de llaves que llevaba hace unos momentos en sus manos. - ¡¿Dónde están?! – El eco de mi propia voz retumba contra mis oídos y ahora sí que ya no puedo evitar echarme a llorar. Siento las lágrimas caer por mis mejillas y como estas empiezan a arderme, como si el contacto con mis lágrimas quemase. - ¡Maldita sea! ¡¿Dónde están?! – Me aferro con fuerza a los hierros, con tanta que noto como el filo me corta una de las palmas y la sangre empieza a salir con lentitud de la incisión.

- Se han caído… - Su voz ya no es la misma. No es esa voz vivaz y que siempre te animaba a seguir adelante, la que muchas veces me levantaba el ánimo, me ayudaba a levantarme y seguir con todo lo que tenía que hacer. Su voz está ausente y sus ojos reflejan que es consciente de su destino, de que va a morir en… ¿cuánto? Unos minutos, eso está claro. – Es el final… Al menos he podido salvarte a ti, es todo lo que deseo, que tú vivas, yo ni siquiera debería estar aquí. – Eso es verdad, pero aún así… No puedo creerme que después de todo, vaya a acabar de esta manera. Su mano se posa en una de mis mejillas húmedas a causa de las lágrimas, pasándome el pulgar por la misma intentando secarla, pero va a ser inútil porque de mis ojos no dejan de brotar más y más lágrimas. – Tienes que irte. No pierdas más el tiempo. – Y aunque una parte de mí quiere irse y alejarse de allí, otra parte me mantiene estancada en ese sitio. Tengo que encontrarle, tengo que reunirme con él, sí, pero esperaba que pudiéramos hacerlo los dos juntos… Me parte el corazón tener que dejarle atrás. – Él es tu alma gemela…, encuéntrale…, yo ya he cumplido esta noche.

El agua prácticamente ha alcanzado mis rodillas. La suplica en sus ojos consigue que apoye mi frente contra la reja durante unos segundos. Respiro hondo. - Valerie… - Levanto la mirada hasta su rostro, hasta esos ojos que conozco tan bien. – Quería que supieras que te he querido desde hace mucho tiempo… - Una sonrisa escapa de mis labios, nunca lo hubiese imaginado y se me hace muy cruel que me lo diga en un momento así, aunque también soy consciente de que es la última oportunidad que tiene para decirme lo que siente por mí. – Pero…, Asier es la persona a la que estas destinada y nunca me perdonaría que te retuviera aquí abajo y murieras conmigo, así que… vete ya.

Eso ha sido una orden en toda regla, el tono de voz que ha usado no ha dejado lugar a dudas. Ahora soy yo la que cuela una de mis manos entre los huecos y le acaricia la mejilla, pasándole también la mano entre sus cabellos una última vez. Ya no habrá más veces. Es el final. – Gra-gracias por ser mi amigo… Nunca…, nunca te olvidaré Toby. - ¿Cómo iba a poder olvidarle alguna vez? Acababa de salvarme la vida y a cambio él se había quedado allí encerrado. Noto sus manos contra su estómago y como me empuja con suavidad, una señal, un gesto silencioso para que me aleje y siga mi camino. Un camino en el que él ya no va a estar.

Se me escapa un gemido. El agua está alcanzando mi cintura y sé que no me queda mucho tiempo si quiero salir de aquí, si quiero encontrar a Asier. Le miro una última vez mientras siento que mi garganta se cierra. Sigo llorando y sollozando porque sé que va a morir de una forma espantosa y es algo que hubiese preferido no saber. – Te quiero, Toby. – Me oigo decir a mí misma con la voz entrecortada.

Duele. Duele más que cualquier otra cosa. Me duele el simple hecho de empezar a caminar y alejarme del hueco de las escaleras donde Toby está. De esas puertas de hierro tras las cuales está, con sus manos aferradas al hierro. Noto como me observa alejarme. Sigo llorando, es algo que no puedo evitar dada la situación, porque a cada paso que doy, a cada paso que me alejo de él y lo dejó a su suerte, siento que el corazón me pesa más y más. Es descorazonador… y no sé cómo describir cómo me siento en estos momentos.

Llego al final del pasillo y noto que el nivel del agua empieza a disminuir y me cubre menos parte del cuerpo. Otras escaleras. Echo un vistazo hacia arriba y suspiro aliviada al ver que allí no hay ninguna puerta como la que acabo de pasar, como la que ha atrapado a mi mejor amigo. No puedo evitar mirar hacia el punto donde debería estar Toby. Un sollozo escapa de mi garganta cuando no distingo sus manos aferradas a la reja. ¿Qué esperabas Valerie? ¿Qué fuera inmortal?

Es entonces cuando por primera vez en toda la noche todo el miedo, la impotencia y el sufrimiento salen de mi interior. Tengo una necesidad imperiosa de tener a Asier junto a mí, de sentir su calor, su presencia y oírle decir que todo va a salir bien, porque está ocurriendo precisamente todo lo contrario. Un grito desgarrador sale de mi garganta, algo que nunca hubiese imaginado, siento como me desgarra por dentro y como saca todo lo que siento en esos momentos. Es un grito acompañado de lágrimas, del llanto señal de la desesperación que estoy sintiendo.

Mi mejor amigo ha muerto y a la persona que amo la he perdido hace largo rato. Estoy completamente sola en un barco que se hunde y puede que yo también muera aquí abajo. ¿De qué otra manera podría sentirme? Pero recuerdo lo que me ha dicho Toby y aunque mi cuerpo no quiera, aunque este vacía por dentro, sé que tengo que seguir adelante. Me doy la vuelta sobre mí misma y con pasos torpes y temblorosos pero con decisión empiezo a subir los escalones.

No tardo demasiado en llegar al siguiente nivel, la siguiente cubierta. Echo un vistazo por encima de mis hombros y compruebo que el agua ya ha alcanzado el segundo escalón de las escaleras que acabo de subir a trompicones. Él ya no está y mis ojos vuelven a llenarse de lágrimas. Nada en la vida te prepara para una experiencia como la que estoy viviendo yo ahora mismo, perdida en un barco que se ha convertido en un laberinto, en una cárcel, en un corredor de la muerte.

Siento el peso sobre mis hombros. La pérdida. Mis piernas empiezan a temblar sin control alguno y noto como me vengo abajo. Mis rodillas chocan contra la moqueta del suelo al igual que las palmas de mis manos. Tengo un nudo en el estómago y la garganta me arde. Los sollozos y el llanto que me embarga están empezando a asfixiarme, soy incapaz de inspirar suficiente aire para que llene mis pulmones. Sé perfectamente que tengo que levantarme, que tengo que seguir porque el agua va a seguir subiendo, pero todos los músculos de mi cuerpo flaquean y no parecen querer responder a las órdenes de mi cerebro. Órdenes débiles debido a mi estado emocional.

Tengo la sensación de que lo he perdido todo. ¿Queda algo por lo que luchar? Porque incluso Asier puede estar muerto. El pensamiento cruza mi mente y me golpea en el pecho con tanta fuerza que todas mis emociones se ven intensificadas, al igual que los temblores que han invadido mi cuerpo y las lágrimas que hace mucho que ya no me molesto en refrenar.

- ¿Val? ¿Valerie? – Sería capaz de reconocer esa voz en cualquier parte del mundo, de cualquiera de las maneras, pero mi mente me dice que es sólo fruto de mis deseos más profundos. Incluso cuando oigo los pasos acelerados que se aproximan hasta donde estoy yo, me sigo diciendo que sólo son imaginaciones mías. Es notar sus manos levantando mi rostro e inmediatamente después sus brazos rodeándome la espalda y atrayéndome hasta él lo que me hace consciente de lo real que es. Me dejo abrazar como una muñeca de trapo rota y es que realmente, me siento horriblemente rota por dentro. – Pensaba que no te iba a volver a encontrar… - El acento francés en su voz me hace sonreír brevemente entre las lágrimas que siguen saliendo de mis orbes marrones. Su olor, ese olor que conozco tan bien me embarga por completo y mis brazos que parecían muertos reaccionan y le abrazan de vuelta, con fuerza. Una fuerza que pensaba que ya no poseía. Noto sus manos ir hasta mi rostro otra vez para levantarlo y como pasa las yemas de sus dedos por sus mejillas quitando las lágrimas. Estoy segura de que debo tener un aspecto horrible, pero eso no parece importarle cuando me besa en los labios. – Ma chérie… - Oigo que susurra sin alejarse demasiado de mí rostro, de modo que noto su aliento contra mis mejillas.

- Te amo. – Me ha salido de una manera espontánea, de la misma manera que a Toby le salió hace un rato decirme lo que sentía por mí. Del mismo modo que mi difunto amigo, siento que tengo que decirlo porque puede ser una de las últimas veces que pueda expresar lo que siento. No necesito que me responda de vuelta, soy capaz de ver la respuesta en sus ojos azules y la fuerza con la que me vuelve a abrazar antes de incorporarse ligeramente.

- Tenemos que salir de aquí Val. – Sí, hay que salir de esta ratonera, pero mi cuerpo parece estar demasiado agotado. La muerte de Toby sigue manteniéndome en un ligero estado de shock y no me permite reaccionar con la rapidez con la que quisiera. – Te tengo que sacar de aquí. – Le oigo rectificar y siento como uno de sus brazos me rodea la espalda y con la otra me coge por debajo de las piernas. Como tantas otras veces, como la primera vez que nos conocimos, como esa primera noche en el comedor donde me desmayé. Como otras tantas veces…

domingo, 19 de enero de 2014

Los padres de él [Part I]

Conocer a los padres de tu pareja es probablemente uno de los momentos en la relación que más vértigo puede llegar a producir en una persona. En mi caso todo esto se multiplica y se complica de una manera casi ridícula. Los padres de Asier han llegado a Nueva York y no sólo van a cenar con nosotros. No, eso no es lo peor. Lo peor es que sus padres no tienen ni la más remota idea de que nos hemos casado, que yo soy su esposa y que el bebé que está a punto de nacer es hijo de él y por lo tanto su nieto. He insistido los últimos meses a Asier en que se lo contará, que de esa manera la noticia no sería tan impactante, pero él ha insistido en que prefería contárselo en persona… Y ahora que ha llegado el momento parece haberse echado atrás, pidiéndole a mi hermano que finja ser mi esposo y el padre del bebé. Mi cara ha sido de estupefacción y Jason incluso se ha echado unas risas, hasta darse cuenta de la seriedad con la que hablaba Asier. Sí, lo decía bien en serio y no había manera de hacerle entrar en razón, así que, le haremos feliz hasta que decida decir la verdad, que de todos modos en algún momento acabara saliendo a la luz.

Los nervios están a punto de acabar conmigo mientras camino por el salón con el ojo avizor de Asier puesto encima de mí que además parece preocupado porque eso pueda hacerle algo al bebé. ¡Qué tonterías! Pero así es él y es una de las cosas que más ternura posiblemente me producen de su persona, es una de las cosas por las que le amo. El destino quiere que justo en el momento en que toma una de mis manos para tranquilizarme suene el timbre. Pensando que sería Jason decide no soltarme de la mano encontrándonos precisamente con sus padres cuando abre la puerta. Pega un brinco y noto que me suelta la mano.

-  Buenas noches – Una sonrisa tímida se dibuja en mi rostro. Asier a mi lado parece haberse quedado mudo antes de reaccionar y saludar a sus padres, aunque no de una forma tan efusiva como lo hice yo cuando llegamos a Nueva York a bordo del Carpathia y me encontré con mi padre en el puerto. Aquel abrazo y las lágrimas que salieron de mis ojos y de los suyos, aquella seguridad que sentí y el enorme alivio no se podía comparar con la frialdad que notaba entre los Lévesque y su propio hijo. Frédéric y Céline Lévesque, mis suegros. – Pueden pasar… - Hago un gesto con la mano indicando el comedor, mientras el señor Lévesque cuelga los abrigos donde Asier le ha señalado.

- Que…mantel más…ehm…presentable – murmura la mujer de cabellos castaños y con los mismos ojos azules que su hijo. Señoras y señores si creían hasta este momento que Asier podía llegar a ser distante, frío y sarcástico es porque no conocíamos a su madre. Desde luego no conozco aura más fría que la suya. Una de esas que hace que quieras alejarte a toda prisa y no volver a verla, pero me toca tragar porque aunque ella no lo sepa soy su nuera y tengo que mostrar mi mejor cara, algo que después de trabajar de doncella se me da bastante bien. – Pueden…sentarse.

Sí, he decidido ignorar ese veneno tóxico que ha salido por la boca de esa mujer. ¿Qué le pasa a MI mantel? Porque, que yo sepa es un mantel normal y corriente, uno que cualquier persona de clase baja-media tendría. Rojo, porque se acerca la Navidad. ¿Tan malo es? ¿Acaso odia el rojo? Decido que eso me va a dar igual. Miro de soslayo a Asier y le dedico una sonrisa que él no tarda en devolverme al tiempo que se encoge de hombros. Tengo la sensación de que se siente más perdido que yo.

- Oui, podéis tomar asiento, Valerie ha puesto su empeño y esfuerzo en hacer la cena. – Orgullo es lo que siento en ese momento, y una enorme tentación de abrazarle y besarle en ese mismo momento dándome completamente igual que estén esos señores, mis suegros frente a mí. Sus padres intercambian una mirada y arrastran lenta y dolorosamente la silla para sentarse y mirarlo todo. Tengo la sensación de que analizan cada pequeño detalle de la habitación, buscando pegas o algo que criticar y, decido de inmediato que el odio que está naciendo dentro de mí hacia ellos es algo totalmente comprensible.

- ¿Y bien? ¿Ese marido suyo va a venir a cenar con nosotros también? – Noto sus pupilas y esos iris azules de Frédéric sobre mí, sobre Asier. Las manos me sudan durante unos segundos antes de recobrar la compostura. No puedo hacer otra cosa que mirarle sorprendida unos segundos antes de contestar.

- Sí, claro. Debe de estar a punto de llegar… - En realidad Jason debería haber llegado antes que ellos, pero algo debe de haber pasado y de ahí su retraso. No puedo evitar mirar unos segundos al reloj que hay en el salón.

- Eso espero, no sería “bonito” que nos hiciera esperar – La sonrisa irónica que se dibuja en su rostro consigue me hierva la sangre y tengo que recordarme a mí misma porque estoy haciendo todo eso.

- Querida… Creo que hay un poco de polvo en el jarrón. No pongo en duda nada, sólo quería que lo supieras. - ¿En serio? ¿No lo pone en duda? ¿Entonces por qué evita el contacto visual conmigo? Empiezo a sentir que me convierto en una bomba de relojería… nada conveniente para una mujer que está en su último mes de embarazo.

- ¿En serio? Será que tengo problemas de vista o algo. – Ahora la que sonríe con ironía soy yo. ¡A la porra! Estoy harta de dejarme avasallar por dos franceses, que encima no tienen prácticamente donde caerse muertos, a quienes su hijo va a sacarles del pozo y que no tengan más que palabras hirientes hacia mí persona.

La oigo carraspear y sonrío por dentro antes de ver como baja la mirada hasta su regazo – Bueno… Errores los tenemos todos, ¿no? – El intento de risa por parte de Asier después de defenderme para que no haya tanta tensión en el ambiente, al menos a mí consigue relajarme y bajarme los humos lo suficiente como para poder seguir con toda esa pantomima.

- Buenas noches – Vuelvo la vista casi de inmediato con una sonrisa al reconocer la voz de mi hermanastro Jason, su aparición en el comedor para mí es una bendición en estos momentos y no puedo evitar ampliar la sonrisa cuando se acerca hasta mí y me besa en la mejilla.

- Bonne…nuit. – Noto que los ojos de Asier se entornan ligeramente y no puedo evitar reír para mis adentros, pues es él mismo que ha ideado toda esta situación y ahora se pone celoso lo cual no deja de divertirme. – Él es Jason, el ehm… El… Jason. – Frédéric se levanta y algo me dice que sólo se trata de pura cortesía.

- Bonsoir monsier Jason.

- Al final llegaste a tiempo… - Y mis ojos no pueden evitar buscar a Céline aunque sea sólo por molestar, por haber puesto en duda anteriormente cosas sobre mí.

- Buenas noches señor Lévesque, señora Lévesque. Asier ha hablado mucho de…ustedes. – Bueno, tanto como mucho… Siempre ha sido reservado en cuanto a sus padres y ahora creo entender porque. Mis ojos marrones se posan en Jason. El típico chico americano de ojos claros color miel y pelo rubio ceniza. Apuesto, elegante y educado. Lo que se diría un buen partido.

- ¿Os hablado de nosotros? – Pregunta Frédéric y noto que hasta Céline se ha centrado en Jason lo cual me permite respirar un momento con tranquilidad y no sentir tanta presión sobre mí.

- Sí bueno… Les he dicho que los Lévesque somos muy… “Lévesque” – Se ríe Asier carraspeando casi enseguida para callar y yo caigo en la cuenta de que yo ahora también soy una Lévesque y no puedo evitar esbozar una sonrisa. De esas sonrisas que sólo tú misma entiendes. Dentro de mí noto patalear al bebé unos segundos antes de que el dolor de una nueva contracción me invada. Se han estado repitiendo de forma asidua estos días, pero he decidido no darle demasiada importancia. Vanessa me dijo hace una semana que era normal que las últimas semanas tuviera contracciones.

- Sí, claro, pero sobre todo Alice… Os…echaba de menos. – Decido intervenir recordando a mi pequeña cuñada que tanto cariño me tiene. Dista mucho del que creo que me tendrán sus padres. Cero.

miércoles, 8 de enero de 2014

Terra y Fauno

Esta historia empieza hace muchos años, incluso antes de que existiese la tierra y la propia vida. Es una historia que se remonta antes de la creación del mundo tal y como lo conocemos. Antes de que los continentes adquirieran los nombres por los que hoy en día los conocemos. Ocurrió hace miles, millones, billones de años...

Dos espíritus que vagaban sin rumbo por el ilimitado universo decidieron que era el momento adecuado de usar el poder con el que habían empezado a existir de una manera útil, creando aquello que bullía en sus mentes desde hacia tiempo y nunca habían sabido cómo crear. Posiblemente el problema hubiese estado en el hecho de que hasta el preciso instante en que decidieron usar sus dones no habían aprendido como usarlos, porque no habían tenido una necesidad real de ello.

Durante muchos años las leyendas que plagaron el mundo les conocieron como La Diosa de la Creación y el Dios de la Vida, por haber hecho precisamente eso: crear el mundo y la vida de la nada. Terra que siempre fue cariñosa y dulce, decidió usar su don divino para hacer realidad el mundo que ahora poblan los humanos y al que le puso su mismo nombre, para de este modo ser recordada durante el tiempo que el planeta existiera. Extendió sus brazos y con sus manos dibujo una circunferencia imperfecta en medio del universo, cerca de dos de los astros más importantes: el sol y la luna. El sol porque iba a ser la fuente de vida de todo aquello que fuese a existir dentro de aquella imperfección aún vacía y la luna porque del mismo modo que el sol daría vida, tenía que haber algo que diese lugar al descanso y a la oscuridad, contradiciéndose a la luz y la calidez del astro rey.

Se quedó observando su creación aún vacía mientras Fauno la observaba con curiosidad como si quisiera anticipar el siguiente movimiento de su hermana que se cruzo de piernas en medio del espacio mirando con atención el comienzo de su creación. Una sonrisa cruzó su rostro antes de llevarse una de sus manos a sus cabellos oscuros arrancándose un mechón de los mismos que dejó caer dentro de aquella circunferencia y que empezaron a dibujar formas en su interior que después de un destello eran de colores marrones y verdes y además estaban separados entre sí por trozos de “nada”. Había creado los continentes y sonrió satisfecha en especial cuando su hermano frente a ella asintió en silencio. La tierra roja, la naturaleza... Si se acercaba y metía la cabeza en aquella circunferencia, podía ver como si realmente estuviese muy cerca su propia creación. Podía extender la mano y notar la hierba bajo sus yemas e incluso contemplar los árboles.

Invitó a su hermano a explorar su creación y cuando este pareció conforme, sus ojos brillaron de emoción. Por fin todas aquellas ideas que había tenido tanto tiempo en su cabeza se estaban llevando a cabo y por la mirada de su hermano estaba consiguiendo su propósito. Aún así ella creía fervientemente que faltaba algo. Esa “nada” tenía que rellenarse con algo. Que algo que de alguna manera conectase todos aquellos pedazos de tierra roja, pero que al mismo tiempo no fuese aquel vacío, aquel agujero negro que de alguna manera parecía unirse más al espacio exterior.

Pensó y pensó durante largo tiempo bajo la mirada de Fauno hasta que pareció dar con la respuesta. Sus ojos se elevaron hasta encontrarse con los de él y entonces los cerró dejando que unas pocas lágrimas rodasen por sus mejillas antes de tomar unas pocas con sus delicados dedos y dejarlas caer dentro de la creación. Las lágrimas cayeron en el vacío y se extendieron con rapidez llenando aquellos espacios entre la tierra de agua. Agua salada y agua dulce. Salada porque habían sido fruto de las lágrimas y dulce porque su creadora poseía un corazón dulce y tierno que había creado la Tierra con todo el cariño que albergaba dentro de ella.

Dio paso entonces a su hermano, haciéndole un gesto con la mano, invitándole a dar su parte a aquello que habían decidido crear. Él la miró unos segundos antes de acercarse y decidió que empezaría por aquello que su hermana había dejado para lo último. Miró a su alrededor unos segundos como si estuviese buscando algo, pero aparte del sol, la luna, los planetas y las estrellas allí no había nada. Al final metió una de sus manos dentro de la Tierra hasta alcanzar el mar tomando agua en la palma de la mano. La acercó hasta sus labios y sopló con suavidad. El agua desapareció de su palma y en su lugar las diferentes especies acuáticas chapoteaban intranquilas. Rió divertido antes de esparcirlas por el mar que su hermana había creado. La miró unos segundos y entonces recordó que había creado dos tipos de agua y repitió la operación esta vez con el agua dulce, creando hacía la fauna marina tanto de agua salada como dulce.

Terra ilusionada empezó a aplaudir como si se tratase de una niña pequeña que acababa de ver la mejor actuación del mundo, en realidad así era. Fauno la observó unos segundos antes de que sus labios se perfilasen en una fina sonrisa. Le acarició uno de los mechones de su largo cabello y aunque parecía que iba a arrancárselo sin piedad alguna, sus dedos simplemente se deslizaron como si estuviesen peinándolo.

Volvió a introducir su mano en el globo terráqueo, tomando en esta ocasión tierra, piedras, hierbas y hojas de diferentes árboles. Junto ambas palmas de las manos, con todas aquellas piezas entre ambas. Levantó la mirada hacia Terra antes de estrujar con fuerza las manos, seguro de que todo lo que había dentro se había convertido en polvo. Incluso se aventuró a mirar separando ligeramente las manos, pero sin dar oportunidad a la curiosidad de su hermana para ver lo que había. Las agitó unas cuantas veces y volvió a mirar a Terra esbozando una amplia sonrisa. Sonidos llenaban el universo en aquel momento y Terra enseguida supo que provenían de las manos de su hermano que la dejó con la curiosidad unos momentos más antes de volver a introducirlas en la tierra y abrirlas. Aves de todas las clases, así como todos los mamíferos que puedas imaginar salieron de las manos de Fauno y fueron a posarse en diferentes puntos del mundo, la mayoría en manadas y en zonas con los climas adecuados para ellos.

Dejó escapar una risita cuando vio como su hermana los observaba emocionada, siguiendo cada uno de sus pasos por aquel mundo que había creado y, cuando sabía que ella no se daría cuenta agarró un mechón de su cabello y esta vez si se lo arrancó. Terra se volvió hacía el mirándole, en sus ojos una mezcla de curiosidad y enfado, viendo como el mismo se arrancaba un mechón de pelo que entrelazó a continuación con el de su hermana. Una vez entrelazados los hizo girar varias veces entre sus dedos con sus ojos fijos en ellos antes de volverse hacía el mundo y dejarlos caer en su interior.

Terra estaba segura de que no iba a pasar nada, mientras que Fauno cruzó los brazos orgulloso de sí mismo. Seguro de que iba a funcionar y en efecto, funcionó. A medida que iban cayendo hacía el interior de la tierra algo los hizo descomponerse, hacerse mil pedazos pero lo más maravilloso de aquello fue que de cada uno de aquellos pedazos, nació una figura a imagen y semejanza de Terra y Fauno. El hombre y la mujer. Ella sin creérselo miró a su hermano antes de sonreírle totalmente orgullosa de él.

Una sonrisa que se apagó cuando vio su mirada. Una mirada que había pasado del orgullo que sentía por haber logrado aquello a una tristeza que ella no entendía. Notó como le acariciaba la mejilla y se acercaba a uno de sus oídos. Los labios de su hermano apenas se separaron, apenas se movieron pero pudo entender perfectamente lo que le dijo. En ese momento supo que aquello era una despedida, un adiós y sus ojos por primera vez en tanto tiempo se llenaron de lágrimas de tristeza.

“Nos volveremos a encontrar”.

Le miró negando con la cabeza mientras las lágrimas empezaban a caer por sus mejillas. ¿Por qué ahora que habían cumplido con su misión tenían que separase? No era justo. Pero sabía en el fondo de ella misma que aquello tenía que ser así. Su hermano le tendió la mano y aunque temblorosa, ella la tomó entre las suyas. Sabía que aquella era la última vez que le iba a ver de aquella forma, con aquel aspecto, pero también sabía que una vez se fusionasen todo iba a cambiar. Él sonrió y ella le devolvió la sonrisa antes de que aquella luz salida de la nada les fuese ocultando el uno al otro de su vista. Empezaron a sentir como su cuerpo se deshacía y se convertía en algo más. En algo mágico. En algo poderoso. Hasta que todo aquel poder estalló, provocando una lluvia de luz que cayó sobre todos los puntos de la tierra, tocando cada una de sus partes... Cada lágrima de luz rozó, tocó o acarició a cada uno de los animales, así como plantas, hombres y mujeres que vagaban por la tierra dotándoles del sentido de la ley y el orden, pero lo más importante de todo es que les dotaron de un alma.

La fusión de Terra y Fauno había conferido un alma a cada uno de los seres vivos del planeta y aunque se habían separado, aunque aquel último regalo al mundo había supuesto que ellos se separaran, volverían a encontrarse en aquel mundo. Dos gotas, dos lágrimas de luz que habían caído en la tierra y se habían transformado en algo totalmente distinto, mágico y poderoso, encerraban en su interior el alma dormida de Terra y Fauno, una vez fueron hermanos pero a los que ahora les esperaba un destino aún más grande. Iban a estar conectados, unidos siempre, para toda la eternidad de un modo u otro.