lunes, 23 de septiembre de 2013

Ivy

Esta entrada se la dedico a mi Fighter.
Te quiero un montón (:


Erase una vez… ¿por qué todos los cuentos empiezan de la misma manera y terminan de la misma manera?

Ivy levantó la mirada hacía el estrellado cielo mientras esa pregunta daba vueltas por su pequeña cabeza. Tenía apenas diez años y ya se cuestionaba incluso las cosas más mundanas. Tenía una mente demasiado aguda, perspicaz y nada se le escapaba. Aquella pregunta había acudido a su cabeza en el mismo momento en que había pensado que la vida no era tan bonita como la pintaban todos aquellos cuentos.

- ¿Qué haces? - La voz del muchacho llegó desde detrás y la pequeña tuvo que volver la cabeza para poder enfrentarse a aquellos ojos claros que la miraban.

- Pensar. - Respondió sin más volviendo a poner la mirada en las estrellas. Ellas la guiaban por aquel mundo de tinieblas, ellas le hacían ver luz al final del túnel, aunque a ella le parecía un túnel eterno, en el que la luz siempre estaba demasiado lejos como para que ella la alcanzase. Suspiró mientras volvía una vez la mirada hasta la del chico.

- Sabes que no les gusta que estemos aquí a estas horas... - ¡Claro que lo sabía! Lo sabía de sobras, pero por eso mismo ella salía. Estaba harta de estar encerrada en aquel sitio. Si todos los cuentos tenían final feliz, ¿por qué ella llevaba cuatro años en un orfanato? ¿Por qué sus padres habían tenido que morir en aquel accidente de tráfico dejándola completamente sola? Cerró los ojos unos segundos. Podía tener el aspecto de una niña de diez años, pero había vivido cosas que habían hecho que aquella niña desapareciera demasiado pronto, que su inocencia se esfumara.

- Lo sé. ¿Me acompañas dentro? - El muchacho sonrió, con una inocencia plasmada en el rostro que pocas veces, por no decir ninguna vez, se veía en el rostro de Ivy. Se acercó a la pequeña siendo a simple vista más alto que ella y se acercó hasta darle un suave beso en la mejilla. Desde el primer día que había llegado a aquel pequeño orfanato, el pequeño Larry sentía como si fuese su hermana pequeña, a la que tenía que proteger y ayudar.

- Si lo sabes. ¿Por qué sales? - Se quedó pensativa unos segundos mientras él la acompañaba hasta el interior. Enseguida notó el cambio. Fuera hacía el frío característico de una tarde de invierno, mientras que dentro el calor los envolvía a todos, con sus suaves brazos, reconfortándoles, aunque a Ivy nunca le reconfortarían del mismo modo que los brazos de sus padres. Nada podría asemejarse nunca a ese toque.

- Porque me apetece, simplemente. - Sonrió, esbozando una divertida sonrisa en su rostro poblado de pequeñas pecas por allí y por acá. Unos juguetones tirabuzones caían a ambos lados del rostro de la muchacha que movía sus ojos verdes queriendo abarcar todo lo que había en la habitación. Había pasado por ella infinidad de veces, pero cada vez que volvían a entrar la observaba como si fuese la primera vez.

- ¿En qué pensabas? - La castaña había despertado su curiosidad. Era misteriosa a ojos de todos los demás, incluidos los suyos. Era como alguien que parecía inalcanzable. Tan distinta a los demás y en el fondo tan semejante. Allí todos estaban solos en el mundo.

- En porque las princesas de cuento siempre tienen un final feliz. - El niño se quedó mirando a su amiga unos segundos pero no hizo ningún comentario. Aquella noche se acostó con la misma pregunta que había rondado por la cabeza de Ivy cuando había ido a buscarla fuera.

Diez años más tarde Larry e Ivy compartían una pequeña casita a las afueras de la ciudad donde habían crecido. Una vez cumplieron la mayoría de edad ambos decidieron irse de aquel orfanato, dejar el pasado atrás y comenzar una nueva vida, aunque nadie les dijo que sería fácil. Amigos desde siempre compartían todos sus miedos y secretos, aunque Ivy pocas veces hablaba de lo que le había pasado a los seis años. Consideraba que hablar de las cosas malas de la vida sólo hacía que toda pareciera más gris de lo que de por sí era.

- Hay que tener esperanza. - Le había dicho a Larry a los diecinueve años cuando su amigo había estado a punto de tirar la toalla. El joven había mirado con sus claros ojos a la muchacha y se había arrepentido inmediatamente. Ella, después de todo, lo tenía peor que él en muchos aspectos y nunca tiraba la toalla. Siempre estaba dispuesta. Avanzaba, por mucho que le costase, sin rendirse, sin flaquear en ningún momento y era algo digno de admirar. Había conseguido más de lo que cualquiera hubiese esperado.

La escena vivida casi diez años atrás estaba a punto de repetirse. Larry salió al pequeño jardín que tenían en la parte de atrás, donde Ivy miraba las estrellas que iluminaban otra vez el cielo aquella noche. Tenía una sonrisa plasmada en el rostro, algo que se había hecho normal desde que cumpliese los doce años. Desde el momento en que decidió que por muy mal que la tratara la vida ella seguiría adelante, que no importaba lo fino que fuese el hilo que la mantenía en equilibrio, ella seguiría sujetándose a él con fuerza.

- ¿Pensando en princesas de cuentos? - Preguntó Larry cuando llegó hasta la muchacha, agachándose junto a ella para quedar a su misma altura algo que hacía más de lo que se daba cuenta. Era un gesto totalmente inconsciente.

- No. Pienso en la respuesta a la pregunta que te hice hace años… Aquella noche. ¿Recuerdas? – Le preguntó la castaña virando la mirada hasta dónde se encontraba él con una sonrisa en el rostro. Larry enseguida supo que había encontrado la respuesta a aquella pregunta que había formulado aquella noche años atrás.

- ¡Claro que la recuerdo! ¿Y cuál es la respuesta? – Preguntó con curiosidad. Una curiosidad creciente, puesto que Ivy a lo largo de los años le había demostrado que era una joven muy viva y con mucha imaginación, pero que aún y así tenía los pies sobre la tierra.

-Que cada uno es la princesa y el príncipe de su propio cuento y que todo tiene un final feliz. Solo hay que ver la vida con esperanza. - Larry arqueó una ceja ante la respuesta de su amiga, apoyando un brazo en la silla de Ivy que volvió el rostro hacía él. -Sí tienes esperanza, no importa lo mal que te vaya la vida, siempre encontrarás un camino mejor… ¿Me llevas dentro?

-Por supuesto. - Contestó el muchacho con una sonrisa mientras empujaba la silla de ruedas de su amiga hasta el interior de su casa, asombrado por lo que acababa de decirle. A los seis años quedó condenada a vivir toda su vida postrada en una silla, sin poder volver a caminar, sin poder volver a disfrutar de muchas cosas de la vida. Aquel accidente se había llevado no solo a sus padres, también se había llevado su movilidad y aún así, ella nunca había decaído, siempre había hecho una vida normal. Había aprendido a moverse por el mundo sin poder utilizar sus piernas.


Había tenido la esperanza de que la vida algún día la recompensaría y Larry estaba seguro de que así sería.

Interpretando a Spencer Hastings

Mi mirada estaba puesta sobre el documento en blanco en el ordenador. Bueno, no estaba del todo en blanco. Arriba, en la cabecera había un título en mayúsculas y negrita que destacaba: Historia de Rusia; pero más allá de eso no había sido capaz de escribir nada del trabajo que debía entregar de allí a una semana… Vamos, eso creía recordar mi cerebro en esos momentos. El problema es que no encontraba la concentración necesaria. No, desde que había recibido aquel inquietante mensaje. Volví a coger el móvil para releerlo.

Pobre Spencer. Siempre quiere los novios de Melissa. Pero recuerda, si besas yo lo cuento –A

Me había estremecido hasta el punto de que mis manos habían empezado a sudar y todo. Inconscientemente me acordé de aquel momento cuando Alison vió como Ian, después de “enseñarme” cómo debía coger el palo de hockey hierba, me besara. Me recordó ese momento por sus palabras. Recordaba aún la palabra zorra saliendo de sus labios y cómo más tarde, cuando ocurrió todo lo de Jenna y yo la amenacé con contarlo, ella me amenazo de vuelta con contarle a Melissa lo que había pasado entre Ian y yo. ¡Un beso! Realmente ahora me paraba a pensarlo y debería haberla dejado ir a contárselo a Melissa, después de todo el castigo para Alison por lo de Jenna habría sido mayor que mi humillación. Sólo podía resumir mi acción en una palabra: cobardía.

¿De verdad habría ido Alison a contárselo a Melissa? Bueno… mejor me preguntaba a mí misma, si realmente hubiera sido capaz de ir a la policía y contar lo de Jenna, ya que después de todo Alison no dudaría un segundo en meternos en el saco a todas las demás. Nos arrastraría con ella. Después de todo, había dejado bastante claro aquella noche que todas estábamos allí y que cómo amigas eso era cosa de todas. Alison sabía perfectamente cómo amarrarte y cómo conseguir que hicieras lo que ella deseaba, lo que más le convenía en cada momento.

Suspiré llevándome una mano a la barbilla y apoyando el codo sobre la mesa del escritorio, nuevamente con mis ojos castaños perdidos en el blanco del documento sin empezar. Debía empezar a teclear y ya, todo fuera por quitarme de la cabeza aquel mensaje. Eso y el hecho de que Melissa y Wren iban a mudarse al granero, que yo misma me había encargado de remodelar de arriba a abajo, estaba claro que para Melissa quitarme eso significaba un triunfo y para mí, un fracaso. El problema era que la concentración seguía fallándome y estaba frustrándome a cada minuto que veía que pasaba en el reloj del portátil. Al final me levanté, aún con todas aquellas emociones recorriéndome el cuerpo. Últimamente tenía demasiadas y de lo más variado. Sólo tenía que recordar mi extraño encuentro con Tobías Cavanaugh. No! No pienses en eso… o el secreto que Omar me había expuesto y me ponía la piel de gallina cada vez que lo pensaba, me sentía tan mal por no haberme dado cuenta antes… ¡No! ¡No pienses en eso tampoco! me gritó prácticamente aquella vocecita dentro de mi cabeza mientras yo me paseaba por mi habitación.

Entonces, entonces, ¿en qué demonios podía pensar yo? ¡En nada! Me hubiese encantado poder dejar la mente en blanco durante unos momentos. Olvidarme de aquel mensaje de ese tal “A”, olvidarme de lo extraña que me había sentido en presencia de Cavanaugh, olvidarme de las palizas que Omar me había dicho que había recibido durante años. Acabé pasándome las manos por el cabello unas cuantas veces, antes de volver a acercarme al espejo de mi cuarto y volver a arreglarme el peinado. Estar perfecta lo era todo en mí familia, desde luego.

Fue a la vuelta cuando no pude evitar quedarme parada delante de la ventana. La ventana que daba directamente a la casa de los DiLaurentis, que en esos momentos estaba habitada por la familia St. Germain, sabía que Emily conocía a la hija. Las había visto juntas en el instituto e incluso me parecía haberlas visto llegar en alguna ocasión juntas a casa de Alison. Sí, para mí seguía siendo la casa de Alison, no podía relacionarla, aún al menos, con los St. Germain. Me quedé parada en ese punto, viendo el reflejo de mi rostro en los cristales de mi ventana y al otro lado de la misma la ventana que daba a la habitación de Alison, con las luces encendidas, iluminándola aunque sin mostrar nada, o eso creía yo…

Una figura femenina de cabellos rubios pasó por delante de la ventana. Esa forma de moverse me recordó instantáneamente a Alison, pero no sólo eso, también los cabellos, cómo estaban ondulados… - Alison… - El nombre de mi amiga salió de entre mis labios sin pedirme permiso, justo en el momento en que aquella visión desapareció de delante de mis ojos. ¿Era realmente ella? ¿Alison? ¿Pero qué hacía en su dormitorio? ¿Y por qué nadie la había visto entrar? ¿Por qué nadie la había visto en esos momentos? ¿O eran solo delirios que creaba mi mente cansada? Cansada de tantas emociones y del dichoso trabajo de Historia Rusa que prácticamente tras ver aquella visión había olvidado.

Me quedé mirando en el punto exacto dónde había visto desaparecer a… ¿Alison? Hasta que el ruido de sirenas de policía y el reflejo de las luces intermitentes azules y rojas contra mi ventana, que incluso me molestaron, me sacaron del ensimismamiento. Me acerqué presta hasta la ventana abriéndola incluso para observar atónita que aquellos coches de policía se habían parado delante de la casa de Alison. Desde allí no podía verlo bien o no todo lo bien que desearía, así que cerré nuevamente la ventana y cogiendo una rebeca que me puse por encima de la ropa salí rauda de mi habitación y bajé a paso ligero por la escalera. –¿Melissa? – Llamé para saber si mi hermana estaba en casa, pero no recibí respuesta alguna. Había estado tan metida en mis cosas aquella tarde que ni siquiera me había dado cuenta de que tanto Wren como ella se habían ido.

En lugar de salir por una de las puertas traseras que daban al granero y al jardín, decidí salir por la entrada principal. Seguí el camino hasta el muro que daba a la calle, abriendo la puerta de metal y saliendo a la calle. Había muchísima gente, mucha de ella curiosa, se estaba acercando hasta dónde se concentraba toda la atención: la casa de los DiLaurentis. Algo había pasado… algo grave, sino, la policía no estaría allí. Una cinta amarilla acordonaba la zona y aunque no lo busqué enseguida vi la furgoneta, aqduella que hizo que se me cayera el alma a los pies.

Todo había cobrado sentido. Todo menos mi visión.

Las luces, la policía, la gente allí arremolinada y que fuera precisamente en la antigua casa de los DiLaurentis que hubiera pasado algo. La habían encontrado. La garganta se me secó en el mismo instante en el que entendí por qué se encontraba allí la furgoneta de la unidad forense de Rosewood. Sólo podía ser por una cosa: habían encontrado el cadáver de Alison. ¿De quién sino?

Las manos me volvieron a sudar y no pude evitar cruzarme de brazos, sin moverme del sitio, quedándome delante de mi casa, con la mirada fija en la gente que acudía hasta la casa de enfrente, la casa dónde había vivido mi amiga y vecina durante años. Un nudo se me formó en la garganta porque aunque había ido perdiendo las esperanzas a lo largo del último año, realmente no quería que terminase así… No quería que terminase con Alison muerta.