lunes, 21 de octubre de 2013

Unable to stay, unwilling to leave II

Por mucho que intento volver sobre mis pasos la gente me arrastra y después de unos minutos intentándolo me doy por vencida y simplemente me dejo llevar por esa inercia con un enorme vacío en mi corazón que no da cabida a nada más que no sea ansiedad y miedo. De pronto me encuentro cerca a los pies de una de las escaleras que llevan a las puertas que conducen a las otras cubiertas del barco. Incluso desde mi posición soy capaz de ver como las verjas de hierro negro están cerradas. Frunzo el ceño y arrugo la nariz durante unos segundos. ¡Qué extraño! ¡Qué raro que nos dejen aquí abajo! El último peldaño de la sociedad etilista de nuestra época, la escoria dentro del trasatlántico. Respiro hondo mientras oígo a algunos hombres decir que aquí abajo también hay mujeres y niños y, justamente mis ojos castaños se cruzan con una mujer que protege con sus brazos a sus dos hijos pequeños. Una sonrisa espontánea asoma en mi rostro y uno de los pequeños me la devuelve de forma tímida.

El hombre arriba insiste con más impetú, con más fuerza y un rayo de esperanza se abre paso para todos los que estamos allí abajo cuando vemos como abre las verjas y las puertas de hierro que nos mantienen allí abajo encerrados dejan de existir. Como si de una ola que fuera a arrasar con la arena de la orilla de una playa, toda la gente que está a mi alrededor empieza a empujar y a moverse con prisa escaleras arriba, de manera desesperada, cosa que tampoco es tan extraña teniendo en cuenta la situación en la que nos encontramos, pero eso sólo empeora las cosas, pues a los pocos segundos haberse abierto las puertas de hierro y habiendo salido unos cuantos pasajeros de tercera clase de la ratonera en la que estamos metidos, desde mi posición y a pesar de los golpes que recibo de aquí y de allá, puedo ver cómo vuelven a cerrar.

Respiro indignación a mi alrededor y muchos de los pasajeros vuelven a gritar, por sus vidas y la de aquellos que les acompañan. Aunque me ha costado unos cuantos minutos, finalmente me decido y con toda la fuerza que poseo me abro paso a golpes entre aquellas personas apiñadas al pie de la escalera. El pasillo está más lleno que hace unos momentos, o al menos más lleno que cuando he hecho el viaje a la inversa y me permito respirar hondo cuando salgo de aquel agrupamiento de gente que me mantenía oprimida y que había empezado a conseguir que la angustía se adueñara de mi cuerpo. Me apoyo contra la pared de madera blanca del pasillo sin antes mirar hacia el suelo para asegurarme de aquí no hay agua. En mi cabeza no deja de repetirse una pregunta: ¿Dónde estará él? Y siento que las lágrimas empiezan a agolparse en mis ojos y amenazar con rodar por mis mejillas en el momento menos pensado.

Mi corazón, algo muy dentro de mí me dice que no está demasiado lejos de mí y recuerdo sus palabras: “No puedo dejarte Val. No puedo. No me lo habría podido perdonar nunca”. Esas palabras son lo que me dice con más fuerza que mi propio corazón que aún sigue por estos pasillos, que posiblemente esté buscándome… Una búsqueda que se va a convertir en una pesadilla o al menos eso es lo que acabo pensando cuando me doy cuenta de que es prácticamente imposible encontrar a alguien allí abajo, perdido, cuando todo el mundo corre hacia todos lados, cuando el ambiente está lleno de gritos, angustia y miedo. Cuando el barco se está hundiendo.

Aquellas lágrimas que hace unos momentos amenazaban con salir finalmente lo hacen, y no soy capaz de detenerlas. No quiero detenerlas, necesito sacar toda esa angustia que tengo dentro de mi pecho hacia afuera, a pesar de saber que el tiempo corre en mi contra y que allí parada en medio del pasillo desde luego no voy a hacer nada. - ¿Valerie? – Mi nombre en boca de una voz conocida hace que levante la mirada, con las lágrimas corriendo por mis mejillas y sintiéndome aliviada de súbito al darme cuenta de que es una persona conocida, alguien de confianza, un apoyo. Aún así las lágrimas siguen corriendo y yo sigo llorando porque no es precisamente la persona que tanto deseo encontrar. - ¿Val qué haces aquí parada? Tengo que sacarte de aquí… Ponte esto. – Pone en mis manos un chaleco salvavidas que miro ligeramente desconcertada antes de volver a levantar la mirada y negar con la cabeza. No, no y no.

- No puedo irme Toby… No puedo. – Sigo negando con la cabeza hasta que mis ojos marrones acaban posados sobre uno de los extremos del pasillo. Los gritos siguen llenando mis oídos, sumados a llantos de otras persona. – No puedo. Está aquí abajo. Tengo que encontrarle. No pienso irme sin él, ¿entiendes? – Intento sonar segura, lo intento con todas mis fuerzas pero las lágrimas rompen mi voz y la desquebrajan haciendome sonar insegura. – No puedo perderle, Toby… - Alargo una de mis manos hasta tomar uno de sus brazos con fuerza. – Ayúdame a encontrarle, por favor. – La suplica sale de entre mis labios sin apenas pararme a pensar que si mi amigo decide ayudarme, estaría ayudándome a encontrar a una persona que prefiere que este fuera del mapa, fuera de la ecuación, a no ser que haya decidido anteponer mi felicidad a sus propios sentimientos.

- Está bien, te ayudaré. – Suspiro de alivio y siento como entrelaza nuestras manos, aunque la sensación que me embarga no se asemeja en nada a la que me invade cada vez que Asier simplemente me roza. – Pero primero ponte el chaleco.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Unable to stay, unwilling to leave

Para mi querida Lara
Aunque sólo sea una versión
Será una especial hasta que llegue 
el momento de relatarlo juntas.



- ¡Valerie! ¡Val, despierta! – La voz amortiguada de Asier llega hasta mís oídos, instándome a que me despierte. Yo, por mi parte no siento deseos de despertarme, quiero seguir sumida en los mundos del sueño. Es el tono de urgencia que tiñe su voz al pronunciar mi nombre lo que finalmente me arranca del sueño. Abro los ojos, para encontrarme con sus ojos azules que reflejan algo que hasta este momento no había visto antes, preocupación e incluso juraría que ¿miedo? No estoy del todo segura pero si que sé que es algo que no he visto antes en su mirada.

Consigo apoyar los codos sobre el colchón de la litera mirándole sin entender a qué demonios viene tanta urgencia. Mis ojos se abren como platos cuando le veo con las prendas de ropa que he llevado aquel día y que me he quitado… Bueno, eso no hace falta especificarlo. Lo último que recuerdo, era a Asier vistiéndose para ir a buscar a Alice. Me prometió que no se demoraría demasiado y después de depositar un beso en mis labios salió por la puerta del camarote dedicándome una sonrisa a mí, que seguía sentada en la cama con la sábana tapándome el cuerpo.

Mis ojos pasan de la ropa que lleva en sus manos a sus ojos y vuelta a empezar. - ¡Póntela! ¡Date prisa! – No entiendo a qué viene tanta prisa y posiblemente esa confusión sea perceptible en mi rostro puesto que sin demorarse ni un segundo de más me pasa la ropa directamente mientras coge mis piernas, las saca de debajo de las sábanas y me pone los zapatos. Aún ligeramente desconcertada, decido hacerle caso y vestirme. Poniéndome incluso el abrigo que no tarda en pasarme cuando ve que ya estoy completamente vestida.

- ¿Qué pasa? ¿Dónde está Alice? – Ahora soy yo la que empieza a preocuparse cuando le veo inquietarse más de la cuenta. ¿No la ha encontrado? ¿Es eso? Prácticamente pego un salto de la cama y cuando mis pies tocan el suelo lo primero que siento es un frío intenso que me recorre las piernas y el resto del cuerpo consiguiendo que me estremezca de frío. Siento una humedad colarse por dentro de los zapatos que me ha puesto Asier y cuando bajo la mirada veo agua. ¡Agua! ¡Por el amor de Dios! – Oh Dios mio… Oh Dios mio… - Me llevo las manos a la boca sin creerme aún lo que mis ojos ven. Asier no me da tiempo para lamentarme o quedarme allí plantada. - ¿Qué pasa? ¿Por qué hay…? – Agua. Es la palabra final de esa frase, pero antes de que siquiera pueda salir de mi boca, Asier ya me ha asido de la mano y me ha arrastrado fuera del camarote. - ¡Espera! ¡Espera! – Tengo la suficiente fuerza como para soltarme de su agarre, darme la vuelta y volver corriendo, deshaciendo el metro que hemos recorrido, hasta volver al camarote.

Le oígo gruñir a mis espaldas y gritar mi nombre, incluso oígo sus pasos acelerados pisándome los talones. Sí, posiblemente haya hecho una estupidez, pues a la vista esta que no es el mejor momento para cometer locuras de este tipo, pero no puedo dejar algo tan preciado para mí atrás. Noto como los bajos del vestido que llevo están mojándose al rozar el agua. Me da la sensación de que al volver a entrar hay más. Siento que el cuerpo entero me empieza a temblar de miedo. Con manos temblorosas camino hasta el ojo de buey donde antes colgué el colgante de mi madre y lo cojo, volviendo a darme la vuelta para salir. La cara de exasperación de Asier que en otra ocasión me hubiese sacado una sonrisa divertida por eso de sacarle de quicio, ahora no es más que un reflejo de mi estupidez. No puedo culparle y enseguida vuelvo a buscar refugio en su mano, entrelazándola con la mía para volver a emprender la carrera.

Esta vez tira de mi con más fuerza, con más decisión. Realmente ya no hace falta que me diga porque hay agua, es obvio. No soy tan estúpida como para no saber qué implica que haya agua en un barco. La angustia empieza a hacerse un hueco dentro de mi organismo. Angustia. Ansiedad. Miedo. Siento su mano sujetar la mía con fuerza mientras vamos de un pasillo a otro. Alice. Aún no sé dónde está Alice. No sé cómo se ha enterado de eso. Nuestros pasos frenéticos empiezan a frenarse cuando nos encontramos con más gente que huye de aquella agua, de ese mal augurio, de la señal del hundimiento, de la muerte. Nuestros pasos se ralentizan. Ya no siento el agua al pisar y cuando bajo la mirada me doy cuenta de que allí el suelo está seco.

- Asier… ¿dónde está Alice? – Logro preguntar. Estoy lo suficientemente cerca de él como para que pueda escucharme a pesar de que los gritos y las voces alteradas con el pánico en ellas, esten sofocando la mía. Se vuelve hacia mí y veo en sus ojos azules aquella preocupación, pero también la ternura con la que siempre me mira, ese amor que sé que me profesa aunque no siempre me lo demuestre, aunque no lo plasme con palabras. Estoy a punto de descubrir que me ama más de lo que cualquiera de los dos imaginaba.

- Está con Clémence en Segunda Clase. No podía dejarte Val. No puedo. – Siento que el corazón se me va a salir del pecho. Lo noto bombear acelerado dentro del mismo después de oír aquellas palabras de su boca. – No me lo habría podido perdonar nunca…, eres… - Sé cuánto le cuesta expresar sus sentimientos y no puedo evitar apretarle la mano que aún me sujeta. – Eres demasiado importante para mí. – Esbozo una sonrisa. Por un momento hasta he olvidado dónde estamos, cual es nuestra situación en este preciso momento. La gente a nuestra alrededor ha dejado de existir. El pánico, los gritos, todo desaparecido. Al menos durante unos segundos hasta que un empujón de otro pasajero explota aquella burbuja.

Siento que me arrastra y ni yo ni Asier logramos mantener nuestras manos unidas. Vuelvo a oír que grita mi nombre, pero la marea de gente impide que vuelva hacia atrás, que retroceda y sólo me deja avanzar. Durante unos minutos aún soy capaz de ver su rostro, de oír su voz llamándome y posiblemente intentando llegar hasta dónde estoy yo, pero el tumulto de gente no hace más que aumentar y pronto me rodeada sólo de gente desconocida. Sin el calor de una mano amada y sin esa sensación reconfortante que siento siempre que está a mi alrededor.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Ivy

Esta entrada se la dedico a mi Fighter.
Te quiero un montón (:


Erase una vez… ¿por qué todos los cuentos empiezan de la misma manera y terminan de la misma manera?

Ivy levantó la mirada hacía el estrellado cielo mientras esa pregunta daba vueltas por su pequeña cabeza. Tenía apenas diez años y ya se cuestionaba incluso las cosas más mundanas. Tenía una mente demasiado aguda, perspicaz y nada se le escapaba. Aquella pregunta había acudido a su cabeza en el mismo momento en que había pensado que la vida no era tan bonita como la pintaban todos aquellos cuentos.

- ¿Qué haces? - La voz del muchacho llegó desde detrás y la pequeña tuvo que volver la cabeza para poder enfrentarse a aquellos ojos claros que la miraban.

- Pensar. - Respondió sin más volviendo a poner la mirada en las estrellas. Ellas la guiaban por aquel mundo de tinieblas, ellas le hacían ver luz al final del túnel, aunque a ella le parecía un túnel eterno, en el que la luz siempre estaba demasiado lejos como para que ella la alcanzase. Suspiró mientras volvía una vez la mirada hasta la del chico.

- Sabes que no les gusta que estemos aquí a estas horas... - ¡Claro que lo sabía! Lo sabía de sobras, pero por eso mismo ella salía. Estaba harta de estar encerrada en aquel sitio. Si todos los cuentos tenían final feliz, ¿por qué ella llevaba cuatro años en un orfanato? ¿Por qué sus padres habían tenido que morir en aquel accidente de tráfico dejándola completamente sola? Cerró los ojos unos segundos. Podía tener el aspecto de una niña de diez años, pero había vivido cosas que habían hecho que aquella niña desapareciera demasiado pronto, que su inocencia se esfumara.

- Lo sé. ¿Me acompañas dentro? - El muchacho sonrió, con una inocencia plasmada en el rostro que pocas veces, por no decir ninguna vez, se veía en el rostro de Ivy. Se acercó a la pequeña siendo a simple vista más alto que ella y se acercó hasta darle un suave beso en la mejilla. Desde el primer día que había llegado a aquel pequeño orfanato, el pequeño Larry sentía como si fuese su hermana pequeña, a la que tenía que proteger y ayudar.

- Si lo sabes. ¿Por qué sales? - Se quedó pensativa unos segundos mientras él la acompañaba hasta el interior. Enseguida notó el cambio. Fuera hacía el frío característico de una tarde de invierno, mientras que dentro el calor los envolvía a todos, con sus suaves brazos, reconfortándoles, aunque a Ivy nunca le reconfortarían del mismo modo que los brazos de sus padres. Nada podría asemejarse nunca a ese toque.

- Porque me apetece, simplemente. - Sonrió, esbozando una divertida sonrisa en su rostro poblado de pequeñas pecas por allí y por acá. Unos juguetones tirabuzones caían a ambos lados del rostro de la muchacha que movía sus ojos verdes queriendo abarcar todo lo que había en la habitación. Había pasado por ella infinidad de veces, pero cada vez que volvían a entrar la observaba como si fuese la primera vez.

- ¿En qué pensabas? - La castaña había despertado su curiosidad. Era misteriosa a ojos de todos los demás, incluidos los suyos. Era como alguien que parecía inalcanzable. Tan distinta a los demás y en el fondo tan semejante. Allí todos estaban solos en el mundo.

- En porque las princesas de cuento siempre tienen un final feliz. - El niño se quedó mirando a su amiga unos segundos pero no hizo ningún comentario. Aquella noche se acostó con la misma pregunta que había rondado por la cabeza de Ivy cuando había ido a buscarla fuera.

Diez años más tarde Larry e Ivy compartían una pequeña casita a las afueras de la ciudad donde habían crecido. Una vez cumplieron la mayoría de edad ambos decidieron irse de aquel orfanato, dejar el pasado atrás y comenzar una nueva vida, aunque nadie les dijo que sería fácil. Amigos desde siempre compartían todos sus miedos y secretos, aunque Ivy pocas veces hablaba de lo que le había pasado a los seis años. Consideraba que hablar de las cosas malas de la vida sólo hacía que toda pareciera más gris de lo que de por sí era.

- Hay que tener esperanza. - Le había dicho a Larry a los diecinueve años cuando su amigo había estado a punto de tirar la toalla. El joven había mirado con sus claros ojos a la muchacha y se había arrepentido inmediatamente. Ella, después de todo, lo tenía peor que él en muchos aspectos y nunca tiraba la toalla. Siempre estaba dispuesta. Avanzaba, por mucho que le costase, sin rendirse, sin flaquear en ningún momento y era algo digno de admirar. Había conseguido más de lo que cualquiera hubiese esperado.

La escena vivida casi diez años atrás estaba a punto de repetirse. Larry salió al pequeño jardín que tenían en la parte de atrás, donde Ivy miraba las estrellas que iluminaban otra vez el cielo aquella noche. Tenía una sonrisa plasmada en el rostro, algo que se había hecho normal desde que cumpliese los doce años. Desde el momento en que decidió que por muy mal que la tratara la vida ella seguiría adelante, que no importaba lo fino que fuese el hilo que la mantenía en equilibrio, ella seguiría sujetándose a él con fuerza.

- ¿Pensando en princesas de cuentos? - Preguntó Larry cuando llegó hasta la muchacha, agachándose junto a ella para quedar a su misma altura algo que hacía más de lo que se daba cuenta. Era un gesto totalmente inconsciente.

- No. Pienso en la respuesta a la pregunta que te hice hace años… Aquella noche. ¿Recuerdas? – Le preguntó la castaña virando la mirada hasta dónde se encontraba él con una sonrisa en el rostro. Larry enseguida supo que había encontrado la respuesta a aquella pregunta que había formulado aquella noche años atrás.

- ¡Claro que la recuerdo! ¿Y cuál es la respuesta? – Preguntó con curiosidad. Una curiosidad creciente, puesto que Ivy a lo largo de los años le había demostrado que era una joven muy viva y con mucha imaginación, pero que aún y así tenía los pies sobre la tierra.

-Que cada uno es la princesa y el príncipe de su propio cuento y que todo tiene un final feliz. Solo hay que ver la vida con esperanza. - Larry arqueó una ceja ante la respuesta de su amiga, apoyando un brazo en la silla de Ivy que volvió el rostro hacía él. -Sí tienes esperanza, no importa lo mal que te vaya la vida, siempre encontrarás un camino mejor… ¿Me llevas dentro?

-Por supuesto. - Contestó el muchacho con una sonrisa mientras empujaba la silla de ruedas de su amiga hasta el interior de su casa, asombrado por lo que acababa de decirle. A los seis años quedó condenada a vivir toda su vida postrada en una silla, sin poder volver a caminar, sin poder volver a disfrutar de muchas cosas de la vida. Aquel accidente se había llevado no solo a sus padres, también se había llevado su movilidad y aún así, ella nunca había decaído, siempre había hecho una vida normal. Había aprendido a moverse por el mundo sin poder utilizar sus piernas.


Había tenido la esperanza de que la vida algún día la recompensaría y Larry estaba seguro de que así sería.

Interpretando a Spencer Hastings

Mi mirada estaba puesta sobre el documento en blanco en el ordenador. Bueno, no estaba del todo en blanco. Arriba, en la cabecera había un título en mayúsculas y negrita que destacaba: Historia de Rusia; pero más allá de eso no había sido capaz de escribir nada del trabajo que debía entregar de allí a una semana… Vamos, eso creía recordar mi cerebro en esos momentos. El problema es que no encontraba la concentración necesaria. No, desde que había recibido aquel inquietante mensaje. Volví a coger el móvil para releerlo.

Pobre Spencer. Siempre quiere los novios de Melissa. Pero recuerda, si besas yo lo cuento –A

Me había estremecido hasta el punto de que mis manos habían empezado a sudar y todo. Inconscientemente me acordé de aquel momento cuando Alison vió como Ian, después de “enseñarme” cómo debía coger el palo de hockey hierba, me besara. Me recordó ese momento por sus palabras. Recordaba aún la palabra zorra saliendo de sus labios y cómo más tarde, cuando ocurrió todo lo de Jenna y yo la amenacé con contarlo, ella me amenazo de vuelta con contarle a Melissa lo que había pasado entre Ian y yo. ¡Un beso! Realmente ahora me paraba a pensarlo y debería haberla dejado ir a contárselo a Melissa, después de todo el castigo para Alison por lo de Jenna habría sido mayor que mi humillación. Sólo podía resumir mi acción en una palabra: cobardía.

¿De verdad habría ido Alison a contárselo a Melissa? Bueno… mejor me preguntaba a mí misma, si realmente hubiera sido capaz de ir a la policía y contar lo de Jenna, ya que después de todo Alison no dudaría un segundo en meternos en el saco a todas las demás. Nos arrastraría con ella. Después de todo, había dejado bastante claro aquella noche que todas estábamos allí y que cómo amigas eso era cosa de todas. Alison sabía perfectamente cómo amarrarte y cómo conseguir que hicieras lo que ella deseaba, lo que más le convenía en cada momento.

Suspiré llevándome una mano a la barbilla y apoyando el codo sobre la mesa del escritorio, nuevamente con mis ojos castaños perdidos en el blanco del documento sin empezar. Debía empezar a teclear y ya, todo fuera por quitarme de la cabeza aquel mensaje. Eso y el hecho de que Melissa y Wren iban a mudarse al granero, que yo misma me había encargado de remodelar de arriba a abajo, estaba claro que para Melissa quitarme eso significaba un triunfo y para mí, un fracaso. El problema era que la concentración seguía fallándome y estaba frustrándome a cada minuto que veía que pasaba en el reloj del portátil. Al final me levanté, aún con todas aquellas emociones recorriéndome el cuerpo. Últimamente tenía demasiadas y de lo más variado. Sólo tenía que recordar mi extraño encuentro con Tobías Cavanaugh. No! No pienses en eso… o el secreto que Omar me había expuesto y me ponía la piel de gallina cada vez que lo pensaba, me sentía tan mal por no haberme dado cuenta antes… ¡No! ¡No pienses en eso tampoco! me gritó prácticamente aquella vocecita dentro de mi cabeza mientras yo me paseaba por mi habitación.

Entonces, entonces, ¿en qué demonios podía pensar yo? ¡En nada! Me hubiese encantado poder dejar la mente en blanco durante unos momentos. Olvidarme de aquel mensaje de ese tal “A”, olvidarme de lo extraña que me había sentido en presencia de Cavanaugh, olvidarme de las palizas que Omar me había dicho que había recibido durante años. Acabé pasándome las manos por el cabello unas cuantas veces, antes de volver a acercarme al espejo de mi cuarto y volver a arreglarme el peinado. Estar perfecta lo era todo en mí familia, desde luego.

Fue a la vuelta cuando no pude evitar quedarme parada delante de la ventana. La ventana que daba directamente a la casa de los DiLaurentis, que en esos momentos estaba habitada por la familia St. Germain, sabía que Emily conocía a la hija. Las había visto juntas en el instituto e incluso me parecía haberlas visto llegar en alguna ocasión juntas a casa de Alison. Sí, para mí seguía siendo la casa de Alison, no podía relacionarla, aún al menos, con los St. Germain. Me quedé parada en ese punto, viendo el reflejo de mi rostro en los cristales de mi ventana y al otro lado de la misma la ventana que daba a la habitación de Alison, con las luces encendidas, iluminándola aunque sin mostrar nada, o eso creía yo…

Una figura femenina de cabellos rubios pasó por delante de la ventana. Esa forma de moverse me recordó instantáneamente a Alison, pero no sólo eso, también los cabellos, cómo estaban ondulados… - Alison… - El nombre de mi amiga salió de entre mis labios sin pedirme permiso, justo en el momento en que aquella visión desapareció de delante de mis ojos. ¿Era realmente ella? ¿Alison? ¿Pero qué hacía en su dormitorio? ¿Y por qué nadie la había visto entrar? ¿Por qué nadie la había visto en esos momentos? ¿O eran solo delirios que creaba mi mente cansada? Cansada de tantas emociones y del dichoso trabajo de Historia Rusa que prácticamente tras ver aquella visión había olvidado.

Me quedé mirando en el punto exacto dónde había visto desaparecer a… ¿Alison? Hasta que el ruido de sirenas de policía y el reflejo de las luces intermitentes azules y rojas contra mi ventana, que incluso me molestaron, me sacaron del ensimismamiento. Me acerqué presta hasta la ventana abriéndola incluso para observar atónita que aquellos coches de policía se habían parado delante de la casa de Alison. Desde allí no podía verlo bien o no todo lo bien que desearía, así que cerré nuevamente la ventana y cogiendo una rebeca que me puse por encima de la ropa salí rauda de mi habitación y bajé a paso ligero por la escalera. –¿Melissa? – Llamé para saber si mi hermana estaba en casa, pero no recibí respuesta alguna. Había estado tan metida en mis cosas aquella tarde que ni siquiera me había dado cuenta de que tanto Wren como ella se habían ido.

En lugar de salir por una de las puertas traseras que daban al granero y al jardín, decidí salir por la entrada principal. Seguí el camino hasta el muro que daba a la calle, abriendo la puerta de metal y saliendo a la calle. Había muchísima gente, mucha de ella curiosa, se estaba acercando hasta dónde se concentraba toda la atención: la casa de los DiLaurentis. Algo había pasado… algo grave, sino, la policía no estaría allí. Una cinta amarilla acordonaba la zona y aunque no lo busqué enseguida vi la furgoneta, aqduella que hizo que se me cayera el alma a los pies.

Todo había cobrado sentido. Todo menos mi visión.

Las luces, la policía, la gente allí arremolinada y que fuera precisamente en la antigua casa de los DiLaurentis que hubiera pasado algo. La habían encontrado. La garganta se me secó en el mismo instante en el que entendí por qué se encontraba allí la furgoneta de la unidad forense de Rosewood. Sólo podía ser por una cosa: habían encontrado el cadáver de Alison. ¿De quién sino?

Las manos me volvieron a sudar y no pude evitar cruzarme de brazos, sin moverme del sitio, quedándome delante de mi casa, con la mirada fija en la gente que acudía hasta la casa de enfrente, la casa dónde había vivido mi amiga y vecina durante años. Un nudo se me formó en la garganta porque aunque había ido perdiendo las esperanzas a lo largo del último año, realmente no quería que terminase así… No quería que terminase con Alison muerta.

jueves, 9 de mayo de 2013

Flashforward


Mi madre siempre decía que aquello a lo que más queremos lo protegemos hasta con nuestra propia vida, y tenía razón. Lo que nunca me contó es que siempre, en todos los momentos de tu vida vas a querer de una forma u otra a alguien. La diferencia radica en que hay amores que perduran de por vida, otros que son pasajeros, algunos que llegas a olvidar y luego están aquellos que incluso antes de conocerlos ya los amas.

Aquello qué más quieres...

Yo tengo tres amores en mi vida y sé que van a seguir estando conmigo para siempre. Asier fue como una especie de salvavidas que llegó a mi vida cuando estaba perdida. Acababa de perder a mi madre y me dirigía a una tierra que no conocía. De alguna manera quiero creer que él tuvo mucho que ver con todo lo que me ocurrió, aunque de lo que estoy completamente segura es de que, sin él no habría sobrevivido aquella fatídica noche. No, posiblemente hubiese acabado siendo una de las más de mil víctimas que perecieron en el hundimiento. Todo podría haber sido tan diferente de no habernos encontrado aquel 10 de abril de 1912 en la cubierta de tercera clase del Titanic…

Hemos superado todos los obstáculos que la vida nos puso por en medio durante aquellos años y sé que todas las riñas y todas las cosas en las que no estuvimos de acuerdo tan solo afianzaron nuestra unión. Solo demostró que por muy diferentes que sean dos personas no tienen porque separarse para siempre.

Ahora veo esos momentos simplemente como pasos en mi vida que me conducían hasta el momento que vivo ahora. Había pasos más fáciles que otros y aún recuerdo el temblor de mis piernas cuando me dirigía hasta él para unirme a él el resto de mi vida, respetarle y sobretodo amarle. Llegué hasta él sin poder borrar la sonrisa de mi cara y sin vacilar ni un solo segundo para responder “Sí, quiero” a la pregunta formulada.

Emma acaba de entrar en la habitación y nos mira con sus ojos marrones bien abiertos y su cabello castaño cayendo totalmente desordenado sobre sus hombros. Asier siempre dice que tiene los ojos tan grande y hermosos como yo, aunque yo misma nunca le he visto nada de especial a mis ojos, siempre he considerado los suyos, que son azules como el mismísimo cielo, más bonitos que los míos.

Recuerdo la primera vez que la sostuve en brazos... Tan pequeña, tan frágil, tan tierna... Recuerdo haber cruzado una mirada y una sonrisa con Asier a pesar de lo cansada que estaba. Fue posiblemente uno de los momentos más felices, de esos que junto a otros catapultas en algún lugar de tu mente.

Son ese tipo de recuerdos a los que puedes aferrarte para sentirte feliz.

Claro que el que estoy viviendo ahora mismo también pertenece a esa larga lista... Una lista que empieza hace muchos años, posiblemente el recuerdo de una infancia feliz junto a mis padres y mi hermana sea el primero de la lista.

El nacimiento de mi sobrino. Ese fatídico viaje durante el cual conocí a la persona más importante de mi vida. Los buenos momentos en las dependencias de tercera clase. La primera vez que me cogió en volandas. Nuestro primer beso. Nuestra primera vez. Abrazos. Caricias. Sonrisas. Miradas. Besos. Risas. Lágrimas. La proposición. Nuestra boda. Familia. La noticia de mi embarazo. El nacimiento de Emma. Sus primeros pasos. Sus primeras palabras. Su primera sonrisa, risa.... “Papá y mamá”.

Eleanor.

Ese es el nombre de nuestra segunda hija a la que Emma ahora mira con enorme curiosidad desde los brazos de su padre. Ambas hijas tienen el nombre de nuestras madres lo cual las hace un poco más especial si eso cabe… y curiosamente Emma tiene mis ojos y Eleanor los mismos ojos azules que Asier.

Ese solo pensamiento hace que vuelva a sonreír, una sonrisa que se contagia con facilidad a Asier y a Emma. La felicidad está en el ambiente en ese mismo momento. Tanto es así que creo que ni la más oscura de las intenciones podría terminar con ella.

Después de todo el amor, el amor verdadero y puro es capaz de romper cualquier maldición. De impedir que cualquier maldición corrompa aquello que más amas en el mundo, y las personas que están conmigo ahora mismo en esta habitación son lo que más amo en el mundo.

viernes, 3 de mayo de 2013

Romeo y Julieta en 1900 [Malcolm]


Antes que nada, aclarar que este escrito no está escrito por mí. Está escrito por mi mejor amiga Lara Wilson (@ArsyWinter). ¡Espero que lo disfrutéis tanto como yo!



En una humilde calle de Galway, cerca de la zona portuaria de Irlanda, nació Malcolm como el cuarto hijo de un matrimonio católico. Desde que era enano, Malcolm siempre había sido el más apartado entre sus hermanos, quizás porque desde muy jovencito siempre había tenido ideas bizarras e innovadoras, nada comparado con la linea tradicional que llevaban en su familia. Mientras que sus hermanos siempre habían estado pendientes de las chicas y cosas de macho cabrío, Malcolm siempre parecía enfrascado en sus ensoñaciones, paseando solitario por su barrio o haciendo largas caminatas por el puerto, más de una vez llegando tarde a casa para cenar y regañado firmemente por sus padres, hasta el punto de quedarse sin cenar muchas de las veces. Aún guarda en su memoria la primera vez que consiguió hacer una montaña con cartas de Póker con mucho esfuerzo y sus hermanos vinieron isofacto a destruírsela. Le confesarían prácticamente al momento que era tonto por no darse cuenta que le estaban esperando a que terminara para derrumbársela. Malcolm aún era un enano en ese entonces y acabó dejándose llevar por el sentimiento e, incomprendido, decidió fugarse de casa y perderse por zonas boscosas. A los dos días volvió a casa por su propio pie para aguantar los numerosos castigos que le esperaban por semejante atrevimiento.

Así llegó a ser su infancia y hasta el día de hoy, tratado como el rarito de los Lynch, cosa que la familia trataba de disimular las "rarezas" de su hijo ante el vecindario, pues los rumores corrían como la pólvora y como católicos que eran, debían dar un buen ejemplo. Cansado de ese sentimiento de soledad e incomprensión por parte de quienes más debían entenderlo, cumplidos los dieciocho años y con todo el dolor de su corazón, Malcolm se hizo las maletas y se marchó de casa para hacer vida nómada hasta encontrar su sitio en el mundo como ilusionista, su mayor pasión. Aunque no lo pareciera, le dio pena y siempre se sintió mal por el hecho de abandonar a su familia por la que se suponía tenía que trabajar para mantenerla, pero no podía estar más tiempo allí. Mientras no encontraba trabajo durante su viaje, Malcolm se dedicó a los espectáculos de calle para ganar lo suficiente y llevarse algo de comer a la boca y pagarse algún que otro billete. Consiguió también trabajos temporales y no excesivamente bien pagados en circos sin renombre, pero no le importaba con tal de dedicarse por lo que él tenía pasión.

Pero su vida daría un cambio significativo cuando consiguió cruzar el charco y llegar hasta la capital de Francia, París, lugar reconocido por su bohemio ambiente. Enseguida le llamó la atención una carpa de circo que había allí. Antes de pedir su inserción en dicho circo, primero se aseguró de ver cómo era el ambiente, y fue cuando vio por primera vez a la que sería su futura mujer. Estuvo un buen rato observándola alelado incluso siguiéndola con sutileza asegurándose de que nadie se daba cuenta; Fue algo parecido a un amor a primera vista, a pesar de que ella ni se había dado cuenta de su presencia ni él la conocía.

Tardaron unos días hasta poder demostrar que estaba capacitado y convencer al directivo del circo para llegar a formar parte de él. Una y otra vez frenaba cualquier actividad que estuviera haciendo cuando veía pasar cerca de él o de lejos a esa joven muchacha que tanto lo atraía. Se las apañó para averiguar al poco tiempo que se llamaba Sutton, y que pertenecía a la élite del circo, así que era consciente de que podría estar jugando con fuego, nunca mejor dicho en ese ambiente. Aún así, eso no fue impedimento para acercarse a ella un día mientras ésta ensayaba sus espectaculares acrobacias, claramente fascinado se dirigió a ella alegando que se había equivocado de lugar, aunque obviamente era una mentirijilla a medias, ya que sí que iba con la maleta buscando donde ensayar, pero no era casualidad que entrara allí. Escuchó por primera vez su voz y descubrió a la joven debajo de su atractiva apariencia, cosa que lo fue enamorando cada vez más.

Surgió una bonita amistad entre ambos, Malcolm estaba especialmente atento a cada detalle, no escatimando a la hora de hacerle regalos aunque fueran humildes por no poseer más dinero, pero trataba de todas las maneras que fuera feliz mientras pasaba tiempo a su lado, igual que él lo era en esos momentos cuando la miraba a los ojos. No quiso confesar sus sentimientos hasta pasar un tiempo, no eran sus planes poder ofender a la chica y perder su amistad. Al fin y al cabo, él era menos que ella en ese mundo y posiblemente prefería a cualquier otro para compartir su vida. Aún así decidió confesar el amor que sentía una noche estrellada, lejos del circo y de ruido, preparado para afrontar la negativa de Sutton. Pero lejos de ello y a partir de ese momento, su amistad se convirtió en una relación sentimental, manteniendo la buena amistad que antes tenían y evolucionando cada vez más. Aún así, sólo ellos sabían de aquello como si fuera un secreto, debido a posibles represalias hacia él por parte de altos cargos del circo e incluso familia de Sutton, así que siempre debían de ir con cuidado a la hora de mostrar su amor mutuamente.

Pero las cosas llegaron a complicarse cuando Sutton le confesó un día que estaba embarazada. Era algo arriesgado, pero a pesar de ello, Malcolm se lo tomó con optimismo, aunque poco después se enteraría de su repentina expulsión del circo poco rato después de que Sutton le diera la noticia. Los motivos no eran del todo claros, pero lo que sí tenía claro, es que eso no iba a separarlo de la mujer que más había amado y al día siguiente volvería, pero volvería sólo para ver su pesadilla echa realidad. De la noche a la mañana, la carpa ya no estaba, ni rastro del circo, no podía creer que ya no estuvieran, que ya no estuviera ella. ¿Por qué no le habían dicho nada? ¿Por qué Sutton tampoco le había dicho que al día siguiente iban a trasladarse? Fue un duro golpe que le llevó tiempo intentar superar. De hecho el tiempo que estuvo en París, una y otra vez iba a visitar el lugar donde estaba el circo al tiempo que recordaba todo lo que allí había vivido. ¿Y qué sería de su embarazo? ¿Tal vez ese niño nunca llegara a nacer? Sólo se le podía ocurrir que fuera idea de su familia y directivos que se mudaran tan repentinamente. ¿Quizás habían averiguado lo de su relación?

Malcolm no tuvo más remedio que continuar con su vida, sin dejar su pasión hacia el ilusionismo, empezando de nuevo por los espectáculos callejeros, ya más conocido por su escueto tiempo trabajando en el circo. Pero decidió alejarse de la capital debido a que no podía seguir allí recordando todo lo que había pasado, tratando de olvidar, pues no había manera de saber dónde estaba Sutton y posiblemente nunca volvería a verla, nadie parecía tener información suficiente para dar con el circo y viajar no era tan fácil para alguien como él en aquellos tiempos. Trabajó temporalmente en pequeños circos deambulantes, hasta que un día encontró un cartel anunciando que el circo al que pertenecía Sutton volvía a la capital. Una mezcla de melancolía, alegría, incertidumbre y ganas de volver a verla, impulsaron que Malcolm volviera a viajar a París después de tiempo, dejando todo atrás, aunque tuviera un espectáculo aquella misma tarde. Llegó a localizar la carpa, pero al intentar acceder a ella, fue apartado e incluso amenazado de que no volviera a rondar por la zona. Sí, algo así como que los leones podían llegar a tener mucha hambre y que seguro que el público no le haría ascos a una réplica del circo romano de antaño cuando las fieras devoraban hombres. Resignado, a Malcolm sólo le quedaba esperar, no sin antes poder ver a Sutton e intercambiar un par de palabras que le costaba pronunciar después de tanto tiempo, antes de que fuera separado de ella por segunda vez. También se había cerciorado de que Vincent ya era una realidad, un niño capaz de caminar por sí solo. Malcolm le hizo saber a Sutton que los esperaría, que sus sentimientos no habían cambiado por ella, y así fue como la joven tomó la decisión de hacer las maletas con su hijo y hacer piña con Malcolm para viajar lejos del circo, la única manera de poder estar juntos sin riesgo a volver a estar separados.

La pareja se trasladó a Irlanda. Malcolm volvió a sentirse como en casa, pero mejor porque ya había conseguido algo que deseaba desde que era un infante: amor y comprensión. Gracias al ilusionismo y ahora teniendo a Sutton como ayudante y apoyo absoluto, la familia conseguía subsistir sin problemas, hasta el punto incluso de poder casarse. Malcolm volvió a tener contacto con su familia, incluso pudo presentarla a Sutton a pesar de que siempre había sido muy receloso a ello debido a que conocía a su familia y además el ambiente en su hogar de infancia había llegado a marchitarse más de lo que ya estaba. Sus hermanos parecían callejeros al lado de Malcolm, aún llevándose alguna perla o burla por parte de sus hermanos, los cuales le habían echado el ojo más de una vez a Sutton, y sus padres sin dar ni su negativa ni su aprobación al matrimonio. Ante la indiferencia, Malcolm decidió separarse de nuevo de ese ambiente y prefería hacer vida sólo y exclusivamente con su esposa e hijo, con los cuales ya era suficientemente feliz. Eso sí, para poder estar tranquilo con su conciencia, le dejó una cantidad de dinero a su familia, dentro de sus posibilidades antes de marcharse.

Posteriormente, la familia creció con un miembro más entre sus filas: Savannah, otro tesoro que proteger para Malcolm. Esta vez nació en Inglaterra, a diferencia de Vincent que, por lo que Sutton le explicó, obtuvo la nacionalidad Italiana al nacer en Florencia. Se encontraban en Londres, preparándose para un viaje en el gran transatlántico Titanic, cruzar el charco y llegar a América para hacer nueva y mejor vida allí sin dejar la pasión por el circo. ¿Lograrán su objetivo? Sea como sea, él ya no puede ser más feliz...

domingo, 28 de abril de 2013

Romeo y Julieta en 1900 [Sutton]


Montmatre, París, 1 de enero de 1887, fue donde nació Sutton siendo la segunda hija de un matrimonio de artistas de un circo itinerante de Europa, que se encontraba en el momento en que Niamh dio a luz en dicho barrio de la capital francesa. Desde el momento en que nació el circo entero se convirtió en su familia y no solamente su familia directa, eran todos ellos, en conjunto, una gran familia. A pesar de haber nacido en Francia y por tanto ser francesa legalmente, la verdad es que ni tan siquiera habla el idioma del país. Las ventajas de ser parte de un circo itinerante, es que pasas por muchos países a lo largo de los años y de tu vida. Sutton y su familia pueden presumir de haberse recorrido Europa entera y haber visitado algunos países y ciudades varias veces.

A la edad de cinco años, Sutton empezó a ser instruida para convertirse en trapecista (al igual que su hermano) y acróbata, y que así siguiera aumentando el número de artistas dentro del circo, aún así no fue hasta los trece años que empezaran a actuar en conjunto, haciendo todos los números los dos hermanos juntos. Con diecisiete años ya hacia acrobacias que implicaban el uso de fuego y otros objetos peligrosos, pero a esas alturas no tenía miedo a las alturas ni a ningún riesgo de cualquier tipo. Su vida tampoco es que fuera nada del otro mundo, durante todos esos años, se pasaban un mes en una ciudad haciendo espectáculos, recogían sus cosas y se subían al tren del circo que los llevaría hasta otra ciudad. Viajar se convirtió en algo incluso rutinario.

Por eso mismo nunca creyó ni esperó que su vida fuese a cambiar tanto como su décimo octavo Otoño, cuando apareció un Ilusionista en el circo buscando trabajo. Malcolm Adam Lynch era su nombre. Al pertenecer a la élite del circo en cuestión, Sutton no tuvo contacto directo con él hasta pasadas unas semanas. La división de las personas en el circo eran muy parecidas a la división de las clases sociales, así que no era tan fácil que un artista nuevo pudiera tener algún tipo de relación con aquellos que formaban parte de esa familia desde hacia años. Sin embargo antes de aquel primer encuentro si que le había visto por el circo y sus inmediaciones, su hermano le había dicho en alguna ocasión que el joven ilusionista la había mirado en la distancia de vez en cuando. Si fue casualidad o no, es un misterio, el caso es que dos semanas después de que el joven llegase, una tarde entró en la carpa donde ella estaba ensayando algunas acrobacias alegando que se había equivocado de lugar.

El que Sutton no fuese una “diva” propició a que pudieran mantener una conversación aquella misma tarde a partir de la cual empezó a mantener una especie de amistad con el joven ilusionista que empezó a llevarla a sus lugares favoritos del lugar antes de que partieran, así como a regalarle cosas o sacarse alguna flor de la chistera con sus trucos de ilusionista. De todos modos a pesar de haber crecido en aquel mundo del espectáculo, Sutton era una muchacha fácil de impresionar, por lo que disfrutaba de todo aquello como una niña pequeña. Poco a poco con el paso de las semanas, Sutton se empezó a dar cuenta de que para ella aquel joven se estaba convirtiendo en algo más que un amigo y otro artista del circo, hasta que el propio Malcolm le confesara una noche lo que sentía por ella y comenzasen una relación de pareja. Decidieron mantenerlo en secreto debido a la oposición de sus padres a que Sutton mantuviera alguna relación con alguien que no hubieran elegido ellos. Para Sutton fue una de las épocas más felices de su vida, hasta que un año más tarde descubrió que estaba embarazada y algún miembro del circo la oyó decírselo a Malcolm, contándoselo posteriormente a los Van Dijken que consiguieron gracia a sus relaciones con el director del circo que Malcolm fuese expulsado aquella noche, reteniendo a su hija junto a ellos y yéndose a la mañana siguiente a toda prisa con destino a otro país sin que el joven tuviese constancia de ello.

Gracias a la forma de pensar de sus padres, Sutton pudo seguir adelante con el embarazo, durante el cual al principio aún hacia acrobacias que no conllevaban un riesgo importante y luego ya se encargaba de tareas más pequeñas relativas al mundo del circo. La primavera siguiente a que Malcolm desapareciera de su vida, nació en Florencia donde se encontraban en aquellos momentos, el pequeño Vincent, siendo dos años más tarde cuando el destino quiso que se volviese a cruzar con Malcolm. En esos dos años podrían haber pasado muchas cosas, pero la suerte quiso que Sutton no se hubiese comprometido con nadie.

Esta vez las cosas fueron bastante diferentes a la primera vez que Malcolm se encontró con el circo. En esta ocasión no le dejaron acercarse, llegando incluso a las amenazas si se acercaba a cualquiera que perteneciera a circo. Fue la propia Sutton la que se armó de valor esa misma noche, cogió todas sus pertenencias metiéndolas en una maleta, el dinero que le pertenecía, y al pequeño y dormido Vincent y dejó atrás a la única familia que había conocido hasta entonces, dejando una carta dirigida a sus padres y hermano. Fue hasta la ciudad junto a la que habían instalado las carpas y el circo en general, donde encontró a Malcolm en el único hotel de la zona (lo cual también fue una suerte). No tenía intenciones de volver a su antigua vida y conscientes de que si esperaban a la mañana siguiente para irse podían encontrarles y obligarla y forzarla a volver a “su hogar”, decidieron irse aquella misma noche y alejarse todo lo posible de París. Sí, curiosamente Sutton abandonó a su familia y al circo en la misma ciudad donde nació y empezó a formar parte de todo aquello.

El siguiente destino la pequeña y recién reunida familia, fue Irlanda, el lugar de nacimiento de Malcolm y también curiosamente de la madre de Sutton, donde pasaron sus siguientes dos años de vida, en los que Malcolm trabajó como Ilusionista y ella le ayudaba con sus trucos, durante este período de tiempo también formalizaron su relación casándose. A los seis meses de cumplir los veinticuatro descubrió que volvía a estar embarazada, lo que no alteró los planes de la familia de viajar hasta Londres para tomar el Titanic e irse a América, motivo por el cual la pequeña Savannah nació tres meses antes de embarcar en la capital del Reino Unido.

¿Qué esperan los Lynch en América? Además de un cambio de aires (y alejarse más si cabe de la familia de Sutton) esperan encontrar la oportunidad de enrolarse en algún circo itinerante de América, pues después de todo es parte de la vida de ellos… o seguir con el empleo de ilusionismo por su propia cuenta sin tener que depender de nadie.

lunes, 22 de abril de 2013

Queenstown


 Queenstown, 11 de abril de 1912

Mi querida Tess,

Te prometí que te escribiría en cuanto pudiera y aquí me tienes. Estamos en Irlanda donde van a subir más pasajeros a bordo y aprovecharé para escribirte y mandarte esta carta. ¿Ves el papel? Es de la White Star Line y solo pueden usarlo los pasajeros de primera y segunda clases. Resulta que me he encontrado con Madison Blake y esta mañana me ha “secuestrado” de tercera clase y me ha traído hasta primera. ¡Me ha dejado bañarme en su bañera! ¡Una bañera Tess! ¿Sabes cuánto tiempo…? Bueno, en realidad no hace falta que te lo pregunté, viviste también en casa de los Whitakker. El camarote es precioso y me ha dejado un vestido precioso, ni siquiera necesito corsé para poder lucirlo… y las joyas. De acuerdo, madre nos dijo siempre que no teníamos que sentir envidia de las personas que tienen más que nosotros…, pero, ¡es imposible! Tendrías que ver las instalaciones de primera clase, esto parece un palacio flotante. Es doscientas veces más lujoso que la casa de los Whitakker, seguro que de estar aquí lady Rachel estaría rechinando sus dientes de rabia. ¡Soy capaz de imaginármela y todo!

El viaje hasta Southampton fue perfecto. Cansado, pero perfecto…, aunque voy a recalcar en lo de cansado porque me jugó una mala pasada anoche. Creo que en la vida lo he pasado tan mal, incluso puedo decirte que he pasado algo de vergüenza por verme en esa situación tan incómoda. Quizá ayer fruto del cansancio no me diese cuenta pero ahora te puedo asegurar que sí…, me da un poco de vergüenza. No recordaba que la falta de sueño pudiera jugarte tan malas pasadas… Estaba en el comedor y se me acercó una jovencita y un joven que había conocido ya antes en la cubierta. Fue una forma curiosa de conocerle, su hermana se coló por debajo de mi falda y de un momento a otro nos quedamos frente a frente prácticamente. Momento incómodo. ¿Sabes? No había pensado entablar conversación con nadie, no al menos de buenas a primeras y prácticamente nada más embarcar en el barco, pero fue tan fácil y natural que incluso olvidé que no le conocía de nada.

No es que todo lo que te vaya a contar a continuación vaya a tener mucha relevancia en un futuro cercano, ni lejano, porque después de todo solo es otro de los muchos pasajeros del Titanic. Se llama Pierre y a juzgar por su aspecto debe de tener mi edad, quizá un poco más mayor, a lo mejor es de tu edad, no lo sé realmente. Francés, aunque claro, eso dándote su nombre ya es algo que posiblemente has deducido. No voy a entrar en detalles pero tampoco voy a negar lo evidente… ¡No está de mal ver! De todos modos como he dicho antes solo es un pasajero más del Titanic. Me parece una persona que guarda mucho de sí mismo, secretos, no sé, pero no parece fácil que se abra… Todo lo contrario a mí… ¡Y ya sé que madre y tú siempre decís que no es bueno abrirse tanto, pero no puedo evitarlo! El caso es que ayer cuando perdí la consciencia en el comedor fue él quien me llevo hasta mi camarote… Lo último que recuerdo de anoche son sus ojos azules mirándome desde la litera inferior de mi compañera de camarote. Le dije que no hacía falta que se quedara conmigo, pero mira… insistió. Lo más gracioso es que esta mañana cuando me he levantado mis zapatos estaban en el suelo, junto a mi litera y no recuerdo habérmelos quitado (tampoco estaba en condiciones) así que solo me quedan dos opciones, o ha sido Beth o ha sido él… ¡Tendré que preguntarles! Me puede la curiosidad.

Mira, a lo mejor acabo este viaje teniendo un nuevo amigo. Uno que va a llegar tan perdido como yo posiblemente, aunque por suerte para mí, padre me estará esperando en Nueva York cuando el Titanic atraque. ¡Tengo tantas ganas de verle y volver a abrazarle! Te seguiré escribiendo aunque no pueda mandarte las cartas y cuando esté en Nueva York las mandaré, así no perderás detalle alguno de mi viaje. Me hace tanta ilusión contártelo todo… Ahora mismo estoy en uno de los cafés del barco, escribiendo con una pluma estilográfica, algo que jamás imaginé que podría hacer, claro que tampoco imaginé que pudiera estar en un sitio tan lujoso ni en la primera clase de un navío como el Titanic… Una muchacha está tocando una pieza en el piano, estoy segura de haberla oído antes en casa de los Whittaker, pero… no recuerdo su nombre. Tampoco es algo que las doncellas tuviéramos que saber…

¡Escríbeme! Tengo ganas de saber cómo está el pequeño Mike. Ya le echo de menos y aún no he cruzado ni una cuarta parte del Atlántico. Voy a extrañaros tanto… Y ya paro o acabaré llorando y estropeando este precioso papel.

Te quiere, tu hermana.
Valerie.

lunes, 11 de marzo de 2013

Love is Hope, it fuels our Dreams


Esta entrada se la dedico a mi paisa,
Por ser parte de esta pareja especial
Y sobretodo por ser una buena amiga
Que siempre está ahí cuando la necesito
Y cuando no

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Niego con la cabeza totalmente consciente de que él no está viendo ese gesto a través de esos cristales azules que tiene por ojos pues desde que ha empezado a hablar parece como si quisiera evitar mi mirada. Lo noto. Es como si fuera un cachorro asustado que mira hacia todos lados menos hacia el peligro, como si no fuese capaz de afrontarlo. – Asier… - Jamás antes en la vida he llegado a creer que pronunciar el nombre de otra persona o el hecho de que esa persona diga mi nombre me pudiera provocar ese hormigueo que ahora nace en mi estómago y una extraña felicidad inexplicable que no parece tener un origen concreto, simplemente está ahí. Ahora vuelvo a tener sus ojos clavados en los míos, de una forma muy directa. – No es culpa de la resaca del otro día. Estás siendo sincero y… cuando eres sincero después de mucho tiempo te hace sentirte extraño, no es tan raro… - Llevo una de mis manos hasta su barbilla tomándosela y alzándola ligeramente haciendo de esta manera que tenga que mantener el contacto visual conmigo. Probablemente mi mano está helada al tacto debido al frío de la noche pero tengo la sensación de que ese detalle no es que sea muy importante. – Me gusta que hayas sido sincero conmigo… - Sonrío. Sé que está siendo sincero, que todo lo que acaba de salir de su boca no es ninguna mentira, que es lo que piensa. No sé por qué, pero lo sé. – Pero, sólo yo decido sobre mis decisiones y…, creo que te mereces una oportunidad. Quiero confiar en ti y… en que todos estos encuentros fortuitos que hemos tenido significan algo… Siempre y cuando sientas lo mismo. – Acabo murmurando sin apartar la mirada de esos ojos azules que me hacen sonreír otra vez al tiempo que refreno ese deseo y la necesidad de acortar la distancia como si realmente necesitara ese contacto con el francés más que cualquier otra cosa en este momento. Estoy tan nerviosa que se me escapa una risa nerviosa de entre los labios.

Todo el calor de mi cuerpo parece subir hasta mis mejillas cuando noto como sus manos las dibujan. El contacto de la palma de sus manos y sus dedos en mi rostro y alguno de mis mechones castaños que se han quedado entrelazados de alguna manera entre sus dedos consiguen que ese cosquilleo nervioso en la boca de mi estómago se instale allí de forma permanente haciendo que sienta incluso como si estuviera flotando en lugar de tener los pies firmemente instalados sobre la cubierta del barco. La calidez de sus manos parece mezclarse con el calor que desprenden mis mejillas debido al sonrojo que me ha producido el hecho de que ha puesto sus manos cálidas (cosa que me sorprende) en mis mejillas. – Eres increíble Valerie… No quiero decepcionarte. – Pronuncia al tiempo que siento como hace un leve movimiento con uno de sus pulgares, acariciando mi mejilla. La sonrisa que ha desaparecido debido a la sorpresa vuelve a aparecer después de aquellas palabras que me dedica. ¿Increíble? ¿En serio? No soy más que una doncella, o eso he sido durante muchos años.

- Si no quieres no lo harás. Tengo fe en ello. – La fe. La esperanza. Son dos cosas que siempre he depositado en las personas y las diferentes situaciones por las que he pasado en la vida. Sé perfectamente que va a pasar, lo que se avecina cuando la distancia entre nuestros rostros vuelven a recortarse. Lo deseo tanto, lo necesito con una fuerza tan sobrenatural… quiero volver a sentir sus labios contra los míos, cosa que no tarda en suceder. El deseo que hay implícito en la forma de besarme lejos de asustar me emociona, me llena. Consigue que mi sistema se acelere, que dentro de mi cuerpo un calor nazca en mi pecho y se extienda hasta cada uno de los rincones de mi cuerpo, llegando incluso a las puntas de mis dedos. No puedo evitar responderle con la misma intensidad y con el mismo desespero que me ha invadido, con ese deseo tan implícito. Siento su respiración agitada, la oigo y siento el cálido aliento del joven embriagarme de una forma extraña y agradable como si de alguna forma quisiera fundirme con él.

- Estamos locos. – Me dice entre jadeos despegando su rostro del mío. Siento como apoya su frente contra la mía y no puedo evitar un amago de risa que sale de entre mis labios. Sí, posiblemente mucha gente podría pensar eso. Mucha gente podría tacharnos de locos y dementes en este preciso instante, sobretodo la gente que me conoce desde que no medía más que dos palmos. Gente como mi padre y mi hermana, pero, ¿quién puede definir en sí la palabra locura? ¿Quién puede decir que una persona está mentalmente sana y otra está loca? ¿Cómo se diferencia? ¿Cómo se sabe? Sí, posiblemente estemos locos. Posiblemente esté demente perdida en este momento, pero es un momento y una situación que no cambiaría por nada en el mundo.

- Eso me temo – Digo sin borrar esa sonrisa que permanece en mi rostro – Has perdido la cabeza… ¡Hemos perdido la cabeza! – Corrijo en el último momento - ¡Estamos completamente locos! Pero te diré un secreto… - Bajo la voz como si temiera que alguien vaya a escuchar lo que voy a decir a pesar de estar solos en cubierta. – Las mejores personas lo están.

No sé como lo hace sin separarse de mí, pero se quita el abrigo que lleva sobre la ropa y me lo coloca sobre los hombros antes de que sea incluso capaz de reaccionar. – No… - Estoy sorprendida, pero mi frase se queda cortada y en el aire cuando sin previo aviso noto que me toma de la cintura, que mis pies dejan de sentir la cubierta bajo ellos y que en un visto y no visto me encuentro sentada sobre la barandilla del barco. Me viene la imagen de Elizabeth a la cabeza y su pánico a las alturas. Me la imagino por un momento y lo histérica que se pondría de estar ahora en mi posición, en mi piel. Yo por el contrario me siento tranquila. Sí, tengo los latidos del corazón desbocados y la respiración y el pulso agitados, pero desde luego no es por estar sentada en la barandilla a merced del mar. Me siento segura porque noto como sus manos me sujetan con la suficiente fuerza como para no dejarme caer hacía atrás. Aún así me abrazo a su cuello con mis brazos, sintiendo el tacto de la bufanda que lleva a su alrededor.

- Estás loca especialmente tú. ¿A quién se le ocurre salir así por la cubierta? – Sonrío. No puedo evitarlo, es como si fuera lo único que soy capaz de hacer en este preciso momento mientras mis dedos rozan esa bufanda a cuadros que lleva.

- Tenía pensado tomar el aire unos minutos y volver adentro. Nadie me había advertido de que me encontrarías. Me hubiese vestido más decentemente en ese caso. – Digo medio en broma medio en serio al tiempo que sus palabras vuelven a inundar mis oídos, una vez más, mientras mis ojos siguen fijos en los suyos. Azules como el cielo.

- Pero me gusta tu locura, me gustas tal y como eres, quiero que este momento sea eterno. – Una sonrisa aflora en mis labios. Una que parece ya eterna en mi rostro e imperturbable, imborrable. Un momento eterno. ¿Quién no ha soñado en algún momento de su vida con parar el tiempo en ese instante en que siente que puedes rozar el cielo? – Yo también lo quiero así… - Alcanzo a susurrar.

- Tu est très belle – Mi nivel de este idioma no es el suficiente como para saber que me acaba de decir, pero la última palabra la he comprendido y hace que la sonrisa que aún sigue en mi rostro se ensanche incluso cuando volvemos a fundirnos en un nuevo beso.

Si me hubiesen dicho hace una semana que me iba a sentir atraída cual imán por un francés de ojos azules y que cometería el impulso de besarle en la cubierta del buque de los sueños…Bueno, habría calificado a aquella persona de loca.