lunes, 31 de diciembre de 2012

The day we met part II


- ¿Qué te he estado diciendo, eh? ¿Es que no tienes respeto ni por tu hermano? Te voy a castigar, harás que tenga ganas de tirar ese maldito libro que tanto aprecias por la borda, un buen bofetón mereces que te... – Me sorprende bastante que le hable así a la pequeña y me sorprende aún más que de repente parezca notar nuevamente mi presencia, irguiéndose y girándose hacia mí. Casi juraría que mi presencia es lo que ha salvado a la niña de que haga de sus palabras una realidad. - Disculpe... ¿Le ha hecho alguna cosa esta niña? Espero no la haya molestado...

Niego con la cabeza e incluso noto el movimiento de la trenza que me he hecho en el pelo aquella mañana como si fuera un péndulo de un reloj moverse de un lado a otro en mi espalda. – No se preocupe. – Le respondo y no puedo evitar volver mis ojos marrones a la pequeña que se ha colado por debajo de mi falda. ¿Su hermana? Sonrío recordando a la mía y a mí sobrino con cierta nostalgia. Levanto la mirada hacía el chico nuevamente encontrándome otra vez con sus ojos azules. – No, no me ha hecho nada. Además… es normal que a esta edad sea revoltosa. Sobre todo estando en un barco que llega a ser aburrido sin poder salir de unos límites preestablecidos. – Por supuesto eso no es algo a lo que nos limite solamente el barco en sí, el hecho de ser pasajeros de tercera clase también lo impide, aunque ese dato es algo que va implícito en mis palabras.

- Demasiado revoltosa – Apostilla él e incluso noto que lo hace con cierto retintineo en la voz y mirando de reojo a su hermana aunque casi de inmediato vuelve a alzar la mirada hacía mí que sostengo durante unos segundos pues tengo que apartarme un poco para dejar pasar a una familia con hijos antes de volver a centrar mi atención en ellos. No puedo evitar sonreír con una naturalidad que sale de dentro de mi cuando mis ojos se vuelven a poner nuevamente en la pequeña a la que su hermano aún mantiene cerca como si tuviera verdadero miedo a que se fuera a escapar corriendo.

- En realidad, llegué a la conclusión de que a todos los padres y hermanos les parecen revoltosos los pequeños a su cargo – Comento y no es mi intención en ningún momento ofenderle o hacerle sentir mal. Realmente no sé cómo es el chico que tengo frente a mí ni que cosas le pueden sentar mal viniendo de una completa extraña a la que acaba de conocer por el simple hecho de que sí, nos hemos chocado de una forma bastante fortuita. Es entonces cuando extiendo uno de mis brazos tendiéndole la mano. Es algo que me han enseñado mis padres: comportarme como una señorita, con modales y que el hecho de ser de tercera clase y viajar en tercera no va a hacer que cambie esto. – Valerie. – Noto que mis mejillas vuelven a tirar y me puedo hacer a la idea de que una pequeña sonrisa a aflorado en mis labios.

- Emmm… - En mis ojos debe de haberse dibujado alguna especie de curiosidad ante ese comportamiento vacilante del muchacho pero al final parece decidirse a estrecharme la mano y presentarse – Pierre. – Esbozo una de aquellas sonrisas cordiales, de esas sociales que tienes que mostrar de vez en cuando ante las demás personas por el simple hecho de ser educada y no una persona barriobajera, cosa que según lady Rachel era algo muy común entre la gente de nuestra clase, entre aquellos que podemos permitirnos poco o nada. En ese tipo de situaciones siempre he sentido como me bulle la sangre de rabia bajo la piel y siempre he tenido que controlarme a mí misma, porque he sido perfectamente consciente de que estallar en rabia y decir lo que pensaba me podría haber costado el trabajo y conseguir uno nuevo en la zona. Suerte que me he alejado de todo ello.

Me quedo observándole unos segundos. No sé muy bien como clasificarlo en mi mente. Es obvio que de haber recibido la educación necesaria para codearse de la forma correcta con la gente de alta sociedad, se habría contenido a la hora de hablarle de aquella manera a su hermana pequeña momentos antes y habría sacado el tema más adelante en la intimidad. Hasta yo que soy impulsiva me controlo. Hablando de la pequeña… Me agaché hasta quedar a su altura - ¿Tú cómo te llamas preciosa? – Pregunto sin esperarme en absoluto lo que va a pasar a continuación.

- ¡Alice! – Me responde bastante animada mientras clava sus oscuros ojos en mí. - ¡Usted es muy guapa! ¡Me recuerda a la Reina Blanca! – Le sonrío con afabilidad y no soy capaz de contenerme una pequeña carcajada cuando la he oído mencionar a ese personaje de Lewis Carroll.

- ¡Vaya! ¿Te gusta Alicia en el País de las Maravillas? – En absoluto es algo que me haya molestado, es más me gusta ver que en cierto modo los niños gozan de esa imaginación e inocencia que yo perdí quizá demasiado rápido y que espero que personitas como Alice puedan mantener unos años más que yo. Ponerte a trabajar te quita todo eso de un plumazo.

- Disculpa su insolencia, está obsesionada con un libro y cree que todos los personajes que hay en él existen en realidad...

- ¡No estoy obsesionada! ¡Es verdad!

- No hay problema, en serio. Es bueno que tenga esa imaginación. – Le vuelvo a sonreír a la pequeña aunque en ningún momento hago amago de acercarme a ella o tocarla.

- ¿Por qué no te vas a dar un paseo por cubierta, anda? Aprovecha que “estoy de buenas” – Noto que el joven me mira de soslayo mientras alienta a su hermana de que se vaya a dar una vuelta por cubierta empujándola incluso sutilmente con la mano – Y soy yo quien te da el permiso. Pero no me entere yo que hablas con desconocidos. No puedo evitar seguir con mis ojos castaños la ruta de la pequeña antes de que desaparezca al dar la vuelta a una de las esquinas, haciendo que mi atención vuelva a centrarse en Pierre.

- No sé hasta qué punto será bueno tener tanta imaginación. Quizás para ella sea lo mejor, pero para quienes tenernos que aguantarla… En muchas ocasiones me arrepiento de haberle leído ese maldito libro tantas veces cuando me lo pidió. – Se lleva las manos a los bolsillos y yo no puedo reprimir una nueva sonrisa por sus palabras.

- No debería ser nada malo. A veces los niños usan esa imaginación para protegerse y de alguna manera mantiene su inocencia, piénsalo de esa manera – Le respondo a sus argumentos. Realmente pienso así porque esa inocencia que rodea a aquella niña la hubiese deseado para mí al menos por unos cuantos años más de los que la tuve.

- Me gustaría que su infancia durara lo más posible, haré todo cuanto esté en mis manos para que así sea, sólo espero que no se enfrasque en exceso en su mundo, pues luego abrir los ojos podría costarle muy caro. Desgraciadamente en poco se parece la vida real a los cuentos. – Melancolía es lo que puedo apreciar en su voz y me pregunto si es por le pasó como a mí misma y su infancia e inocencia pasaron demasiado rápido.

- Tendrá suerte de tener una infancia duradera. Yo crecí demasiado deprisa, por supuesto a la gente de nuestra clase social le suele pasar eso. Supongo que es normal. – Me encojo de hombros. Yo tuve que madurar demasiado deprisa, con trece años ya me estaban preparando mentalmente para trabajar y a los catorce me había unido al servicio de los Whitakker. Prefiero mil veces que la pequeña mantenga su inocencia… no es justo perder ese tipo de cosas demasiado pronto.

- Deduzco que es francés… - El acento, el nombre… demasiadas pistas.

- Deduce bien - ¡Bingo! Una nueva sonrisa vuelve a dibujarse en mi rostro ante aquella adivinanza, pero… ¿cómo no voy a deducirlo con aquel acento tan marcado que posee? – Adivino que usted, en cambio es inglesa… O al menos tiene un muy buen acento. Sonrío de medio lado al escuchar esas palabras al tiempo que asiento.

- Sí, soy de Inglaterra. Supongo que su lengua materna y la que normalmente hablan es el francés, ¿no? Siempre he oído que es un idioma precioso. – No miento, era lo que siempre he oído en los pasillos de la casa de los Whitakker, incluso mi ama me enseñó algunas palabras cuando me ascendieron y me encargaba solamente de ella, en teoría, claro. Siempre haces más trabajos de los que te corresponden.

- Eso dicen, aunque no puedo opinar mucho desde mi punto de vista, es sólo mi forma de comunicarme. Al parecer hasta en eso pueden hacer diferencias – Y no se me escapa la sonrisa irónica en su rostro ni su significado oculto. Sí, es el lenguaje es una forma de comunicarse, la herramienta principal para ello, lo malo es no compartir registro con la otra persona, aunque bueno, en tal caso siempre se puede llegar a la comunicación de alguna manera. El ser humano es así de avispado e inteligente para lo que quiere.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Yesterday


Los suelos eran lustrosos, casi parecía que pudiéramos vernos reflejadas en ellos. Viré el rostro hacia Theresa que estaba justo a mí lado y pude ver en su rostro la misma sorpresa que posiblemente estuviese dibujada en la mía. - ¿Las hermanas Miller? – Preguntó una joven mujer que se acercó a nosotras. Mi hermana asintió y me dio un apretón en la mano que manteníamos entrelazadas con fuerza. – Puntuales. A la señora le gusta la puntualidad. – Enarqué una ceja con curiosidad mientras la observaba. Sus cabellos estaban ocultos bajo la cofia de color blanco de la que solo salían algún mechón de pelo rubio. El vestido que llevaba era negro de cuello alto, cuya falda le llegaba hasta los tobillos. Todo ello complementado con un delantal de color blanco. Así que así íbamos a vestir a nosotras… - Me llamo Mellanie. – Se presentó finalmente antes de hacernos un gesto con la mano para que entrásemos. – Os enseñaré un poco esto, es imposible aprenderse todos los lugares de memoria de entrada, así que no os preocupéis. Somos casi cincuenta personas en el servicio, tampoco hace falta que os aprendáis los nombres de todos ya, lo más importante primero es saber los nombres de los señores y las señoritas. – Nos guió por una enorme escalera cuya barandilla era de una lustrosa madera y los escalones juraría que de mármol hasta el piso superior. – También es importante que memoricéis enseguida como les gustan las cosas más cotidianas. El desayuno, el té, que les vistan, les peinen, cosas así… - ¿En serio? ¿Solo eso? Mi cabeza estaba a punto de estallar de la cantidad de información que me estaba metiendo aquella joven en la cabeza así de primeras. Miré a mi hermana de reojo y pude ver en su rostro el mismo estrés que me estaba invadiendo a mí cosa que casi hizo que suspirase de alivio, al menos no era la única que pensaba que iba a meter la pata de un momento a otro cuando me dejaran sola. - ¡Cuidado por dónde vas Toby! – Le espetó la mujer cuando vio al joven de caballos castaños pasar con una bandeja y bastante prisa.

- Lo siento, Mellie. Las prisas ya sabes… - Pareció notar nuestra presencia justo en ese momento y una sonrisa se dibujó en su rostro mientras nos miraba. - ¿Sois las hermanas Miller? – Preguntó directamente a nosotras. Yo siempre he sido la más impulsiva pero la timidez me ganaba la batalla en ese momento y permanecí callada aunque sin quitarle la mirada de encima. Tenía algo que hacía que quisieras saber más de él e incluso un halo a su alrededor que te decía que era una persona de confianza.

- Sí, son ellas. Les estoy enseñando un poco la casa. ¿Por qué no sigues con tus tareas? Pareces un pasmarote ahí… - Pronto averiguaríamos que Mellanie no era una simple sirviente. Era el ama de llaves de la casa, la mujer que controlaba a todos los trabajadores en aquella enorme casa a excepción del chófer que era cosa aparte.

- Sí, señora. – Noté cierto tono de broma en la voz del muchacho que hizo que Mellanie frunciera el ceño y le fulminara con aquellos ojos que poseía. Yo por mi parte tuve que llevarme una de las manos a la altura de la boca para disimular la sonrisa divertida que acababa de salir en mi rostro. Me miró unos segundos y sonrió divertido también además de guiñarme el ojo. No hacían falta palabras: lo había visto. Le seguí con la mirada durante unos segundos hasta que le perdí de vista al desaparecer tras una esquina. Mellanie entre tanto había vuelto a hablar pero se podría decir que yo había desconectado por completo y solo volví a conectar cuando noté que la mujer volvía a caminar.

- … En el ala norte de la casa. Por supuesto no contamos con los mismos lujos que ellos, pero no están mal. Tú compartirás habitación con tres muchachas y tú – En ese momento me miró directamente a mí – Con otras cinco doncellas. Si no os parece bien o nos caen bien os tendréis que aguantar. Nada de lloriqueos, nada de pucheros, aquí somos doncellas, estamos para servir, ayudar y hacer las tareas que nos pidan los señores, pero sin quejarnos, ni mostrar lo cansadas que estamos. – Paró en medio del pasillo, aunque no me hubiese dado cuenta nos estaba dirigiendo precisamente a la ala norte de la casa. Su mirada volvió a hacerme sentir pequeña en medio de aquel enorme pasillo. – La regla más importante es que aunque lo veamos y oigamos todo, de puertas afuera de la habitación donde ocurran las cosas seremos ciegas y sordas. Nada de chismorreos o cotilleos sobre los señores, sus familiares o sus amigos, ¿entendido? – Asentí. ¿Qué otra cosa podía hacer? Incluso bajé la mirada al suelo y la mantuve ahí el resto del camino hasta nuestras habitaciones. Primero la de mi hermana y luego la mía donde había una muchacha. Mellanie se despidió de mí cerrando la puerta tras de mí y dejándome con aquella muchacha pelirroja y pecosa.

- Me llamo Jill, bienvenida. – Una sonrisa cándida asomó en su rostro y casi de inmediato me relajé. Fue ella la que me mostró donde estaban mis uniformes y la que me ayudo a vestirme esa primera vez. Lo que no sabía yo por aquel entonces es que se iba a convertir también en una gran amiga.

sábado, 29 de diciembre de 2012

7 de abril de 1912


- ¿Estás lista? – Su voz llega hasta mí haciendo que levante el rostro. Una media sonrisa asoma en el haciendo que mis labios se curven ligeramente hacia arriba. Sus ojos marrones examinan mi rostro con tal intensidad que una risa nerviosa escapa de entre mis labios.

- ¡No me mires así! – Espeto entornando ligeramente los ojos antes de echarme a reír haciendo que él también termine por reírse a carcajada limpia. – Shhh…. Que nos oirá la señora – Susurro en voz baja y casi al instante deja de reír, aunque se le nota en la cara que le está costando contenerse. Voy a echar de menos estos momentos aunque en los últimos cuatro años hayan sido más bien escasos. – Te voy a echar de menos… - Le digo aún en susurros tomando una de sus manos entre una mía.

Toby se ha convertido en mi mejor amigo a lo largo de estos cuatro años. Llegué a la mansión Whitakker con mi hermana Theresa cuando tenía catorce años y ella dieciséis. Habíamos tenido que empezar a trabajar para ayudar a nuestros padres económicamente y para poder independizarnos en un futuro, sobretodo después de que nuestra madre quedara incapacitada para el trabajo que había hecho toda su vida tras un accidente. Aún así no era tan extraño que las jóvenes de nuestro estatus social comenzáramos a trabajar a temprano edad. En nuestro caso en particular, siempre tuvimos algo de comida que llevarnos a la boca y nunca nos falto nada, pero con la invalidez de mi madre y el hecho de que algún día tendríamos que valernos con nuestro propio sustento, muy a su pesar nuestros padres tuvieron que mandarnos a trabajar. En un principio solo habían querido mandar a Tess, pero al final debido a la situación en casa yo también había tenido que partir a trabajar.

¿Qué si recuerdo la primera vez que me vi frente a aquella intimidante casa? Sí, perfectamente. Me sentí pequeña y mi hermana envolvió la mano que tenía más cerca suya con una propia haciendo que me sintiera protegida y un poco más fuerte. Sentí que con ella al lado podría cruzar aquellas enormes puertas de roble y enfrentarme a lo que fuese que hubiese dentro. Ahora en cambio, mis ojos se posan sobre esas mismas puertas y esas mismas altas paredes que me intimidaron años atrás y lo único que siento es que me quito un peso de encima sabiendo que jamás voy a volver. No espero que lady Rachel venga a despedirse de mí, no, eso sería arrastrarse demasiado para una plebeya como yo y definitivamente no es algo que vaya con ella.

La que sí que aparece por la puerta es Cloe que ayer por la noche me regaló uno de sus vestidos que su madre había decidido tirar. Según sus propias palabras “prefiero que lo tenga alguien que le vaya a sacar provecho a tirarlo a la basura”.  Se acerca hasta mí con una cándida sonrisa antes de brindarme un abrazo que me reconforta, puede que sea una persona de alta clase social pero eso no la hace menos humana desde luego. Siento a Toby observarme, es el que me va acompañarme una parte del camino y antes de que me dé cuenta ha cogido la única maleta que sostengo con una de mis manos. Soy una chica con pocas posesiones, aunque entre ellas están las más importantes desde luego: ropa, un collar regalo de mi hermana a la que dejo aquí en Inglaterra, unos pendientes de perla pertenecientes a mi madre y un libro que me regalo Christopher.

Christopher, aparece justo en este momento por la puerta con una leve sonrisa en el rostro. Noto que tiembla incluso desde la distancia donde estoy y pongo la mano en el fuego que es la persona a la que más le duele mi partida. Sus pupilas tiemblan cuando se encuentran con las mías y soy capaz de percibir la vacilación en su cuerpo antes de acercarse hasta mí y abrazarme contra él de forma que me llenó de su aroma, como aquella noche, como aquella única vez que estuvo tan cerca de mí. Sé perfectamente la reprimenda que le va a costar esto una vez me haya marchado, pero supongo que prefiere correr el riesgo a carcomerse el resto de su vida por no haberlo hecho. Le abrazo fuerte durante unos segundos y tengo incluso la sensación de que voy a echarme a llorar – Mi ángel de la guarda – Le susurró al oído esbozando una sonrisa totalmente invisible para él. Una sonrisa que solo Dios es capaz de ver en esos momentos. Y estoy segura de que él ha esbozado otra porque sabe perfectamente el significado de esas palabras, estoy segura porque siento como me abraza un poco más fuerte antes de aflojar la presión.

- Prométeme que me escribirás… - Me susurra antes de separarse de mí. – Quiero saber que estarás bien, Valerie. – Sé que es sincero, puedo verlo en sus ojos verdes que me miran y sentirlo en sus manos que me apartan unos cuantos mechones de la cara. Ya no soy su doncella, ya no soy una de sus criadas, ya no estoy a su servicio. Ahora soy simplemente aquella jovencita a la que una noche salvó y con la que estableció una relación especial. Nada más allá de lo platónico.

- Te lo prometo. – Le respondo con seguridad y en su rostro se dibuja una sonrisa. Una sonrisa llena de alivio y esperanza. ¿Cómo voy a pensar siquiera perder el contacto con alguien que me salvó? Evitó que pasara por un trauma horrible, evito que todo aquello no fueran más que lágrimas por el miedo pasado. Podría haber sido peor… nunca se saben cómo terminan ese tipo de situaciones. Sé perfectamente que podría estar muerta. Me vuelvo hacia Toby, puedo ver en sus ojos la curiosidad y sé que me va a interrogar durante el camino sobre lo que acaba de ver. Sí, se podría decir que nuestro secreto ha quedado al descubierto, porque ahora ya no nos puede hacer daño. Solo se puede mantener un secreto de forma eficaz si una de las partes está muerta y este desde luego no es el caso.

La última que vuelvo la vista los hermanos están tomados de la mano y agitan sus manos para despedirse de mí, puedo vislumbrar una sonrisa en sus rostros y del mismo modo tristeza… Son sentimientos totalmente contrapuestos pero que en este tipo de situaciones se complementan a la perfección. Tanto es así que… - ¿Se puede saber a qué ha venido eso? – Oigo decir a Toby a mi lado y no puedo evitar sonreír. Está claro de que habla y yo ya me he mentalizado para ello así que no me queda otra que contarle ese secreto que llevo tres años guardando dentro de mí.

martes, 25 de diciembre de 2012

The day we met


Esta entrada se la dedico a Aira,
Por ser nuestra fan número 1
Por ser un amor de persona
Y porque hoy creo que necesita algo así más que nunca 

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Suspiro de alivio en el momento en que mis pies tocan el suelo de la cubierta. No me ha hecho ninguna gracia tener que pasar por esa ridícula comprobación de si tenía piojos en mi cuero cabelludo. ¿Yo? ¿Acaso no…? Bueno, mejor no empiezo a pensar como una señorita de alta clase, pero es obvio que incluso entre los más pobres hay diferentes escalones y yo no estoy precisamente en el más bajo. Es algo que se puede ver a simple vista, pero…, sí, empiezo a pensar que eso a ellos ni les importa. De todos modos de la misma manera que yo he sido una mandada durante años, aquellos que me han pedido el favor, pues… simplemente seguían órdenes.

Me quedo unos segundos parada allí, quizá intentando internamente asimilar de alguna manera que estoy ya ahí, dentro y que desde luego a no ser que salga corriendo por la escalinata de tercera clase de vuelta a tierra firma no hay marcha atrás. Respiro hondo y me armo de valor. “Valerie, tú puedes. Has llegado hasta aquí, solo es… otro pasito más.” Me digo a mí misma y empiezo a andar. Aquello es como un laberinto desde luego o eso pienso yo de forma casi automática por lo que decido seguir a la muchedumbre y para mi nuevo alivio me encuentro casi enseguida con los pasillos de tercera clase. Una sonrisa nerviosa aparece en mi rostro. En realidad dudo poder dejar de estar nerviosa en todo lo que dure esa travesía. No, creo que hasta que no vuelva a ver una cara familiar, la de mi padre en este caso, una vez desembarque en Nueva York ese cierto nerviosismo no va a desaparecer de mi cuerpo.

Los empujones se suceden por todos lados, gente gritando en diferentes idiomas, pero sobretodo pidiendo disculpas para poder pasar. Lejos de irritarme toda esa algarabía, me infunde vigor, pues la gente aunque es extraña para mí, es alegre. Por primera vez en mi vida estoy rodeada de personas que comparten mi sueño de comenzar desde cero en América, aunque en mi caso gracias a mi padre quizá sea de veinte… un poco más.

Para cuando llego a mi camarote no puedo hacer otra cosa que sentirme impresionada. Los camarotes de tercera son clase son definitivamente mejor de lo que hubiese creído, aunque seguramente no serán ni mecho menos, tan lujos como los de primera. Los suelos son de una madera blanca lustrosa y las paredes están recién pintadas de blanco. Si me concentro lo suficiente incluso puedo notar  el suave olor a recién pintado, algo que extrañamente me vuelve a hacer sonreír. Los accesorios metálicos del camarote relucen y un cartel informa de que el té incluirá sopa de verduras, carne, pan queso y un dulce. Para mí, no vamos a engañarnos es un auténtico festín y estoy segura de que esta noche no voy a sentir esa familiar punzada de hambre en el estómago. Las literas por su parte son de hierro colado blanco y descansan a ambos lados del camarote. Por el momento soy la primera pasajera del camarote en cuestión en llegar y decido dejar su maleta sobre una de las literas inferiores, completamente segura de que en la de abajo el vaivén del barco es menor.

Invadida por la curiosidad decido salir del camarote, un lugar donde tengo que admitir que me he sentido a salvo durante los minutos que he estado dentro de la avalancha de gente que hay afuera en los pasillos buscando su camarote. En cuanto abro la puerta del mío las voces de las personas que van de aquí para allí vuelven a llenar el ambiente e inundar mis oídos mientras me abro paso murmurando disculpas.

- C'est fini Alice! C'EST FINI, J'AI DIT! ALICE!... Agg, ¡esta niña me saca de quicio! – Consigo oír a lo lejos. Posiblemente me ha llamado ligeramente la atención porque durante los últimos años gracias a Cloe he aprendido alguna que otra palabra en francés y ese acento tan marcado es inconfundible. - Excusez-moi, pardon, excusez... – Disculpándose como todo el  mundo, hecho que hace que esboce una sonrisa. - Arrête, Alice! Alice je te préviens!  - Es lo último que oigo decir a esa voz justo en el momento en que noto que algo se cuela entre mis piernas pasando incluso por debajo de mi espalda dando la sensación de que huye de algo. Me vuelvo unos segundos viendo una cabellera castaña igual que la mía antes de volver a mirar al frente. ¿Por qué voy a darle importancia a eso cuando la gente ahí no deja de empujarse y de pasar como pueda? Lo que no me espero al volver de nuevo la mirada es encontrarme a escasos centímetros del rostro de un muchacho. Casi al instante noto como sube el rubor a mis mejillas tiñéndolas de un color carmesí y no puedo evitar bajar la mirada unos segundos respirando hondo. - …Um… Pardon... Esto, disculpas, no era mi intención, mi... mi hermana es muy revoltosa – Me dice claramente a mí pues no hay nadie más. Incluso noto como se aleja ligeramente de mí.

Es con absoluta seguridad una de las pocas veces que estoy tan cerca de una persona del sexo opuesto. Ni tan siquiera con los del servicio he intimidados realmente, aunque mi mejor amigo sea uno de ellos, siempre hemos mantenido las distancias dentro de la mansión para no dar que pensar a los señores y que nos cayera algún tipo de castigo o remedio disciplinario. A veces nos ponían medidas por cosas tan absurdas que he llegado a pensar que lo hacían porque se aburrían o algo.

Niego con la cabeza al tiempo que levanto la mirada nuevamente hacia él después de haber contado hasta tres y lo primero que me encuentro son otras veces esos ojos azules que me han mirado hace unos minutos y consiguen que un cosquilleo extraño me invada…, como si de alguna manera me estuviesen traspasando, algo que nunca antes me ha pasado…, pero… ¿solo son unos ojos azules, no?