sábado, 21 de julio de 2012

At First Sight


Notaba la brisa marina azotar contra su cara y agitar sus rizos pelirrojos. Podía notar el frío del aire de aquella noche e incluso el olor a sal que desprendían las aguas a quien sabe cuántos pies de distancia de ella. Se atrevió a bajar la vista un segundo, el suficiente para ver el oscuro océano bajo sus pies, solo roto por el oleaje en forma de espuma que provocaba el barco en movimiento con ayuda de las hélices que estaban justo ahí abajo. Se agarró con más fuerza a la barandilla que quedaba justo detrás de ella. Notaba el hierro contra su espalda.

¿Qué cómo había llegado allí?

Si miraba hacia atrás en el tiempo y recordaba lo que había ocurrido antes de llegar a esa situación, podía recordarlo con una claridad que daba miedo. Notaba aún como se quedaba sin respiración durante unos segundos debido a los tirones que le daba Trudy para ponerle el corsé mientras ella se agarraba a una de las columnas de la cama de la suite. Sentía la seda acariciar su cuerpo cuando la ayudaba a ponerse aquel vestido rojo, cubierto de detalles negros que solo lo hacían más pesado. A veces hubiese deseado llevar menos lujos encima para sentirse más ágil, más libre, pero claro... Eso era un lujo que ella no podía permitirse, igual que no podía permitirse llevar el cabello pelirrojo simplemente suelto y cayendo sobre sus hombros. No, ella debía llevarlo alto, con aquel sofisticado recogido que no dejaba ver a su parecer, lo hermosos que podían llegar a ser sus rizos.

Se había dejado guiar hasta el comedor de primera clase donde les habían servido aquellas exquisitez en platos relucientes y la cubertería más cara de todo el barco, acompañado del vino perfecto en las copas perfectas. Se había movido de una forma autómata, como si no controlase su cuerpo y fuese él quien la controlaba a ella. Su mente estaba totalmente desconectada de lo que ocurría alrededor de ella. Su mirada perdida en el infinito y lo peor es que nadie parecía darse cuenta de aquella ausencia. De su ausencia. De la ausencia en sus ojos azules y de cómo aunque se llevaba el tenedor a la boca repetidas veces, masticaba, bebía, no disfrutaba de todo aquello como los demás. Las conversaciones llegaban a sus oídos como si se tratasen de algo muy lejano y en forma de eco.

Rose había visto pasar toda su vida ante ella, como si ya la hubiese vivido. Después de todo, ¿qué iba a cambiar? Se trataría de un continuo e incesante desfiles de fiestas, partidas de polos, cotillones, con siempre la misma gente a su alrededor y sus banales conversaciones. Nada iba a cambiar. Esa iba a ser su vida, la misma que había tenido durante sus diecinueve años. Sin esperanza alguna de que fuera a cambiar y pudiera alcanzar alguno de sus sueños. Esa ansiada libertad.

Empezó a sentir como si se encontrase al borde de un enorme precipicio. A punto de caer y no había nadie que la ayudase a no tener ese fatídico final, nadie a quien le importara lo más mínimo, nadie que se fijara en ella... Solo había que fijarse en cómo no habían notado en absoluto la ausencia que reinaba en todo su ser para darse cuenta de que solo era como un objeto más del cual presumir, otra pertenencia más. Y ella no deseaba ser eso, en absoluto.

No recordaba bien como había salido del comedor. Creía recordar que había dicho que necesitaba tomar el aire, se había disculpado ante los presentes y había salido a la cubierta dejando que el aire le diera contra el rostro. Fue entonces cuando pareció aclararse su mente y sin tan siquiera pararse a pensar en lo que hacía empezaba a correr hacia el final del barco. Corría y corría. Se chocaba contra la gente que caminaba por cubierta que se la quedaban mirando durante unos segundos extrañados, ofendidos, algunos incluso murmurando, pero sin importarles absolutamente nada, mientras ella seguía alejándose, cada vez más de aquellos que la asfixiaban. Del comedor de primera clase, de esos rostros, de sus palabras, de su vida.

Sentía como se ahogaba y de sus ojos empezaron a manar lágrimas que le dificultaban ligeramente la visión y aún así no dejó de correr. Ni siquiera los sollozos la hicieron parar. Ni el dolor de pies que le producían los tacones de correr por la cubierta. Ni siquiera el frío de la noche. Nada la iba a detener. Abrió las puertas de hierro que le impedían seguir, sin bajar el ritmo... Bajó escaleras. Corrió y corrió hasta que ante sus ojos azules apareció el final del barco. La bandera inglesa coronándolo. Se paró en seco y se permitió unos momentos para recuperar el aliento a pocos metros de la barandilla.

Se acercó con cautela, paso a paso hasta que estuvo a escasos centímetros. Primero posó una mano sobre la barandilla, cerrando la palma alrededor del hierro antes de hacer lo mismo con la otra mano y aferrarse con fuerza. Cerró los ojos unos segundos, respiro hondo y entonces se decidió. Posó un pie sobre la barra inferior, la más cercana a la cubierta del barco y repitió la operación con el otro. Se sujetó al mástil en cuyo final se agitaba la bandera y con la otra mano se agarró el vestido levantándolo ligeramente para poder pasar con más facilidad al otro lado. Primero una pierna y luego la otra.

Temblaba, pero no le dio importancia y cuando todo su cuerpo estuvo al otro lado se permitió echar un último vistazo al Titanic. Se mantenía aferrada con ambas manos a la barandilla. Sus ojos azules miraron durante unos segundos lo que podía ver desde allí del buque y por su cabeza pasaron las diferentes reacciones que podían tener aquellos a los que se suponía que ella les importaba cuando descubrieran que había hecho.

Bastaba de tonterías. Respiró hondo nuevamente y con todo el valor que fue capaz de reunir se dio la vuelta con cuidado quedando a merced del océano, con las manos sujetas a la barandilla y su cuerpo de cara al mar que se extendía ante ella. Sentía que aquella era la única solución, que una vez se soltará y fuese devorada por el mar, toda aquella opresión que sentía en el pecho, la sensación de asfixia y sus alas cortadas, sus esperanzas de un futuro que no existía desaparecían con ella para siempre.

jueves, 12 de julio de 2012

Rose Dewitt-Bukater

Este es el casting que hice para el personaje de Rose, de la película de 1997 Titanic, en un foro de RPG basado en el largometraje.

¡Y me la otorgaron!

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¿Libertad? Aunque todo el mundo pudiera pensar que una persona de su standing era libre, muchos se equivocaban. Rose sabía perfectamente que gozaba de la misma libertad, que los sirvientes y doncellas a los que su madre miraba como si fueran una mosca a la que había que aplastar. Solo eran algo que usar en su beneficio. Ni siquiera entendía realmente, como siendo hija de su madre ella podía ser tan diferente y tratarlos casi como a iguales. ¿No lo eran? ¿Qué importaban a veces las clases sociales? Ese punto de rebeldía era algo que molestaba sobremanera a su madre, después de todo la hacía un tanto incontrolable. Rose, sin embargo, había llegado a la conclusión de que había sido precisamente la presión que habían ejercido sobre ella con toda la educación que le habían inculcado y las cosas que le exigían habían conseguido que sacase precisamente esa rebeldía.

La última obligación a la que se había visto sometida era casarse con Caledon Hockley, un empresario del metal que podía sacarla a su madre y a ella de las deudas en las que habían quedado sumidas cuando su padre murió. La joven podía notar una nota de irritación en la voz de su madre cuando alguien sacaba el tema de su padre, aunque ante los demás sabía disimularlo bien, pues claro, todo aquello había tenido que quedar guardado en secreto. Posiblemente de haberse filtrado gracias a uno de sus criados y doncellas, su madre se hubiese asegurado de que recibieran un castigo acorde con el “delito” realizado. Sólo pensar en aquello le producía cierto malestar a la joven de cabellos rojizos.

Ni siquiera él sabía el problema en el que estaban metidas.

Él... Él en esos momentos era su otro problema, aquel que la privaba de libertad. Su madre siempre alegaba que todo aquello era culpa de su padre, de las deudas con las que las había dejado, pero eso no quitaba que cada vez que sacaban el tema de su compromiso (cosa que solía hacer su madre) la hiciera sentirse responsable de su situación. Claro, chantaje emocional. Su madre usaba sus emociones para hacerla sentirse culpable ya fuese por su forma de tratar a Hockley, por su evidente falta de entusiasmo ante la boda... y siempre culminaba aquellas charlas diciéndole que si no cumplía el compromiso y se casaba con Caledon ellas dos acabarían arruinadas. “¿Es que quieres ver a tu madre trabajando” era una de las muchas cosas que le decía. Todo con el fin de hacerla sentirse mal.

Precisamente lo peor de estar en un barco, del que como era lógico no se podía ir muy lejos y solo podía estar en determinados sitios (en teoría, claro), era que no podía deshacerse con facilidad de ninguno de los dos. En especial de Cal, que mandaba a su guardaespaldas todo el día detrás de ella y eso que prácticamente acababan de embarcar. ¡Cómo si se fuera a perder en el barco! ¡Por Dios! Al menos parecía que en aquella ocasión no la habían seguido ninguno de los tres, ni siquiera el guardaespaldas, aunque estaba prácticamente segura de que en cualquier momento aparecería, creyendo que sabe ser discreto y hacer su trabajo.

Sonrió ante aquel último pensamiento durante unos segundos sin pararse apenas a pensar en ello, al tiempo que se apoyaba en la barandilla del barco y dejaba que la brisa marina diera contra su rostro. Por primera vez en aquel día se podría decir que se sentía tranquila y relajada, sin nadie revoloteando a su alrededor. Y solo por un instante sentía que no estaba en aquella jaula de oro donde la tenían encerrada, con la sensación de que se asfixiaba y privada de la libertad que ansiaba.

Después de todo, seguía esperando el día en que la vida tuviera algo más que ofrecerle que lujos, obligaciones, protocolos y fiestas aburridas. Seguía esperando aquella chispa en la vida que la hiciera vibrar, que la hiciera feliz de verdad. En definitiva, seguía esperando que su vida no fuese el simple transcurrir de los días.